"Una tarde que nos hallábamos descansando sobre el piso de nuestra barraca, muertos de cansancio, los cuencos de sopa en las manos, uno de los prisioneros entró corriendo para decirnos que saliéramos al patio a contemplar la maravillosa puesta de sol y, de pie, allá afuera, vimos hacia el oeste densos nubarrones y todo el cielo plagado de nubes que continuamente cambiaban de forma y color desde el azul acero al rojo bermellón, mientras que los desolados barracones grisáceos ofrecían un contraste hiriente cuando los charcos del suelo fangoso reflejaban el resplandor del cielo. Y entonces, después de dar unos pasos en silencio, un prisionero le dijo a otro: "¡Qué bello podría ser el mundo!" ( «El hombre en busca de sentido», Victor Frankl) . ¡Pero si lo estás viendo hermano! ¡El mundo es bellísimo! Sus montañas, sus colores, sus vientos, sus árboles, su nieve, sus ríos, sus animales, sus nubes, sus estaciones, sus personas, sus plantas, sus cantos, sus brisas, sus mares, ...