"Una tarde que nos hallábamos descansando sobre el piso de nuestra barraca, muertos de cansancio, los cuencos de sopa en las manos, uno de los prisioneros entró corriendo para decirnos que saliéramos al patio a contemplar la maravillosa puesta de sol y, de pie, allá afuera, vimos hacia el oeste densos nubarrones y todo el cielo plagado de nubes que continuamente cambiaban de forma y color desde el azul acero al rojo bermellón, mientras que los desolados barracones grisáceos ofrecían un contraste hiriente cuando los charcos del suelo fangoso reflejaban el resplandor del cielo. Y entonces, después de dar unos pasos en silencio, un prisionero le dijo a otro: "¡Qué bello podría ser el mundo!" («El hombre en busca de sentido», Victor Frankl).
¡Pero si lo estás viendo hermano! ¡El mundo es bellísimo! Sus montañas, sus colores, sus vientos, sus árboles, su nieve, sus ríos, sus animales, sus nubes, sus estaciones, sus personas, sus plantas, sus cantos, sus brisas, sus mares, sus llanuras, su sol, su luna… ¿¡Cómo no va a ser maravilloso!? Pero claro -me digo a mi mismo- esto lo veo yo que tengo el privilegio de no verme en una situación tan vulnerable. Al contrario: yo sí puedo ver, sentir, oler y gustar todas las maravillas de éste mundo fantástico de otra manera. Otros muchos no pueden gustarlas porque sus contextos los tienen presos y, de ahí, que al estar parados ante tan gran misterio infinitamente bello, lo único que pueden hacer es esbozar esa expresión citada al principio. Me parte el alma, sin dudas. No puedo evitar que se me caiga un lagrimón y que el corazón no duela al latir.
Sin embargo, por más que éste dolor siga manteniendo su intensidad, me doy cuenta de que si miro el mismo paisaje que ellos y pienso sólo en lo doloroso que es que muchos no puedan ver, me estanco; me quedo quieto.
Aquí se encuentra una gran diferencia: al tener otro contexto en mi vida puedo dejarme mover e impulsar por la belleza a la que me invita Dios. Puedo discernir si moverme limitadamente por la melancolía de lo que "podría ser" o dejarme arrastrar y sorprender por lo bello que Dios me manifiesta en su galería de arte (el mundo) o por su Palabra eterna siempre nueva. Puedo elegir e, insisto, el dolor no se va, pero no puedo quedarme solo en eso porque me condenó a solo sufrir sin una redención y, claramente, esto sería una actitud anti-cristiana ya que Jesús sufrió, sí, pero resucitó. Pero ojo, no lo hizo sin sus llagas. Es decir, Jesús le da bola a nuestros sufrimientos y lo hace con una repuesta: Esperanza de vida. No es soberbia decir que si soy cristiano, Cristo vive en mí y si le doy lugar y un poco de mi disponibilidad, Él obra y hace milagros. Porque transforma todo lo que atrae y toca. Sorprende siempre y anima siempre. Insisto, no lo hace sin las llagas.
¿Qué bello podría ser el mundo? ¡Qué bello ES el mundo! ¡Qué bello podemos hacer el mundo! ¡Qué bello es el mundo si cada uno aporta lo que es! Tenemos tanto de Dios dentro nuestro que no nos podemos hundir más de lo normal para no caer en la tentación.
Hoy me animo a seguir apostando por éste Jesús resucitado con las llagas bien visibles, transformadas y transfiguradas por AMOR.
¡Qué bello es el mundo que nos tiene a nosotros para cambiar el rumbo oscuro de las cosas!
Animate a no desanimarte por la oscuridad que nos rodea y apoyate en lo que Dios te dió para dar a los demás, que con su gracia, basta.
JR.
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