Me pareció interesante subir acá un trabajo de síntesis que nos piden para realizar en la facultad. En vez de que quede simplemente entre la facultad y yo, me gustaba la idea de subirlo acá. Capaz sirve y suma y sino, bueno, no pasa nada.
Te aviso, de ante mano, que son 20 páginas. Digo, para que sepas... Es de fácil lectura igual.
Espero te sirva!
PONTIFICIA
UNIVERSIDAD CATÓLICA ARGENTINA
FACULTAD DE
TEOLOGÍA
Síntesis
teológica
La humanidad de Jesús como clave
para nuestra divinización
Alumno:
Romani Jonathan.
La humanidad de Jesús como clave para nuestra divinización
Índice
I.
Introducción
II.
Humanidad
II. I. San Agustín: deseo de trascendencia del
hombre
III.
Encarnación
III. I. Dios hecho hombre. Humanidad
de Jesús
III. II. ¿Qué implica un Dios hombre
en nosotros?
III. III. Corazón divino - humano de
Jesús
IV.
El
corazón humano (nociones) llamado a la santidad
V.
“Ámense
los unos a los otros como yo los he amado”
V. I. Vínculos humanos (sociedad
líquida y aislada)
V. II. ¿Cómo nos relacionamos hoy
entre nosotros?
V. III. Persona Espiritualizada.
V. III. I. La persona
espiritualizada vive:
V. III. II. Las obras de
misericordia
V. III. III. Oración por los demás
VI.
Conclusión
VII.
Bibliografía
I.
Introducción
A
lo largo de este trabajo, quiero desarrollar el camino que nosotros, los seres
humanos realizamos para poder alcanzar la santidad. Jesús, Palabra hecha carne,
nos dejó un camino de verdad y vida para poder alcanzar este objetivo.
Este
camino, es posible verlo desde dos perspectivas: desde un movimiento de abajo
hacia arriba o bien, de arriba hacia abajo. Quisiera aclarar estos conceptos,
apoyado en un libro de Anselm Grüm y Meinrad Dufner, en donde desarrollan las
diferencias entre ambos caminos:
En la historia de la espiritualidad se pueden distinguir dos corrientes
clasificatorias. Hay una espiritualidad desde arriba, que parte de los
principios de arriba y desciende a las realidades de abajo. Y hay otra
espiritualidad desde abajo, que parte de las realidades de abajo para elevarse
a Dios. La espiritualidad desde abajo afirma que Dios habla en la Biblia y por
la Iglesia pero también nos habla por nosotros mismos a través de nuestros
pensamientos y sentimientos, por nuestro cuerpo, por nuestros sueños, hasta por
nuestras mismas heridas y presuntas flaquezas. [...] La espiritualidad desde
arriba parte de las cumbres de un ideal prefijado. Arranca del ideal bien
perfilado de un fin que el sujeto debería alcanzar mediante la oración y las
prácticas espirituales. [...] La espiritualidad de arriba brota de la
aspiración humana a ser mejor, a superarse, a acercarse cada vez más a Dios.[1]
Estos
caminos, hablan de la búsqueda del corazón humano de Dios. Ambos caminos llevan
a Dios. Sin embargo, voy a optar por escoger el camino desde abajo, simplemente
por el hecho de hacer una opción. Considero que Jesús se anonadó a sí mismo; se
abajó, para que nosotros, desde ese abajamiento, podamos seguir sus pasos y
llegar a Dios. Es entonces, que, desde esa kénosis de Cristo, podemos seguir
sus pasos encarnados.
Para
seguir este camino, me voy a apoyar en varios autores, sobre todo en Kasper,
que, con sus obra “Jesús, el Cristo” permite profundizar más en esta misma
línea.
Si
bien voy a apoyarme en este autor, me acompañan a lo largo del desarrollo otros
autores que iré citando. Uno de ellos que me ayuda a comenzar esta reflexión es
Benedicto XVI, que, en su encíclica “Deus caritas est”, dice:
Hemos
creído en el amor de Dios: así
puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a
ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con
un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con
ello, una orientación decisiva. En su Evangelio, Juan había expresado este
acontecimiento con las siguientes palabras: « Tanto amó Dios al mundo, que
entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna
» (cf. 3, 16)[2].
El
camino del cristiano no comienza por una idea, como dice Benedicto, sino por un
encuentro con una Persona, que nos orienta hacia la verdadera vida.
Es
interesante descubrir que este camino que realizamos desde abajo, es un camino
que nos fue revelado a través de la kénosis del Hijo, haciendo él ese camino
inverso al nuestro, desde arriba. Benedicto cita Jn 3, 16 , en donde explica
que Dios se revela en primer lugar y nos entrega a su propio Hijo para
marcarnos el camino. Desde arriba Dios se nos revela en el Hijo y nosotros,
desde abajo, con la gracia de Dios que nos es dada a través de su Espíritu, seguimos
sus pasos para alcanzar nuestra divinización y poder participar un día de su
Gloria.
II.
Humanidad
Para
comenzar a hablar sobre la humanidad, se me ocurrió consultarle a una de las
herramientas que utilizamos hoy en día, la IA, en ChatGPT, sobre la humanidad.
La pregunta fue: “¿Qué es la humanidad?” y me respondió lo siguiente:
La humanidad puede entenderse
en distintos niveles:
1.
Como especie biológica: hace referencia al conjunto de todos los
seres humanos, la especie Homo sapiens,
con sus características físicas, biológicas y evolutivas.
2.
Como comunidad universal: designa a la totalidad de los hombres
y mujeres en la historia y en el presente, unidos por la dignidad que comparten
y por el hecho de ser personas.
3.
Como cualidad moral: también se habla de "tener
humanidad", es decir, actuar con compasión, bondad, sensibilidad y respeto
hacia los demás, reconociendo el valor de cada persona.
4.
En sentido filosófico y teológico: es aquello que constituye lo
propio del ser humano: razón, libertad, capacidad de amar, apertura a la
trascendencia, responsabilidad y relación con los otros.[3]
Si
bien no es de una profundidad acabada, de hecho, ni cerca está de serlo, me
pareció un buen primer acercamiento hacia la humanidad, conceptualmente hablando.
A
lo largo de la historia de la humanidad, podemos ver cómo el ser humano ha
intentado descifrar el misterio del mismo, a la luz de diversas ciencias;
aspectos; religiones; filosofías; caminos. Cada autor ha aportado lo suyo para
poder acercarse. Por ejemplo, Darwin con la teoría de la evolución,
comprendiendo que hemos evolucionado a lo largo de la historia. Aristóteles,
aportando que el hombre se destaca por su razón. Platón, explicando al ser
humano como la unión de un alma inmortal con un cuerpo mortal. Y así, la
humanidad entera ha ido buscando e intentando descubrir qué es lo propio de la
si misma; para qué estamos en esta vida; qué sentido tiene nuestra existencia,
etc.
Nosotros,
los cristianos, creemos en un Dios Padre creador de todo. De Él venimos y hacia
Él vamos. No podemos entendernos sin Él. Es por esto, que entendemos que hay
algo en el ser humano, algo que Dios nos dió que es propio de Él y propio
nuestro.
II.
I. San Agustín: deseo de trascendencia del hombre
San
Agustín entendió esto de una manera muy particular. En su libro “Confesiones”,
en el primer libro, escribe lo que caracteriza todas sus obras, su pensamiento
y su espiritualidad:
Grande eres, Señor, y muy
digno de alabanza; grande es nuestro Señor, todo lo puede, nadie puede medir su
inteligencia. Y se atreve a alabarte en el ser humano que lleva alrededor suyo
la mortalidad, que lleva a flor de piel la marca de su pecado y el testimonio
de que Tú resistes a los orgullosos. Sin embargo, se atreve a alabarte un
hombre, parte insignificante de tu creación. Y Tú mismo eres quien le estimulas
para que encuentre deleite en alabarte, porque nos has creado orientados hacia
Ti, y nuestro corazón estará intranquilo hasta que descanse en Ti.[4]
Entiende
que nuestro ser, nuestra humanidad, está llamada a algo más que lo material.
Toda
la vida de Agustín, está marcada por la búsqueda de la verdad, en donde se vio
impactado cuando encontró en Ambrosio de Milán, una combinación de dialéctica
magistral y una pasión por defender la fe y anunciar el Evangelio muy fuerte.
Sus predicaciones lo fueron acercando a este Dios de la verdad que toda su vida
estuvo anhelando. Es entonces, que, de manera empírica, Agustín puede decir que
el que lo fue impulsando a Dios, fue el mismo Dios, que desde su interior lo
impulsaba a buscarlo como si fuera un imán, atraído hacia su Persona. Lo que
estaba en su interior de Dios, naturalmente pujaba hacia Dios y lo siguió
haciendo a lo largo de toda su vida. Para Agustín, y todos los cristianos, esto
es una parte indispensable del hombre, de la cual no podemos desprendernos.
El
corazón humano, al haber sido creado por Dios, tiende hacia Dios. Es propio del
ser humano tender a Dios: buscar la verdad, el bien, la belleza. Si bien está
teñido por el pecado -Agustín también lo entiende por experiencia propia-, el
corazón humano está creado para el bien y esas tinieblas van a disiparse cuando
descansemos en Dios; cuando lleguemos a la gloria.
Pero, ¿cómo invocarían al
Señor sin haber antes creído en él? ¿Cómo creer en él si antes no oyeron hablar
de él? Y alabarán al Señor los que lo buscan. Porque el que busca halla y una
vez que le encuentren le alabarán. Haz que te busque, Señor, llamándote y que
te llame creyendo en Ti, pues ya me has sido anunciado. Señor, te llama mi fe,
la fe que me diste, la que me inspiraste por medio de la humanidad de tu Hijo y
la palabra de tu predicador.[5]
Asimismo,
Agustín entiende que este deseo de trascendencia del corazón humano es un
camino que Dios nos propuso a través de la humanidad de su Hijo. Evidentemente,
estábamos errando el camino, dejándonos llevar por el príncipe de este mundo,
sin comprender el camino al cual Dios nos estaba llamando. Convino, entonces,
que Dios enviara a su Hijo al mundo, para asumir el pecado, vencer a la muerte
y enseñarnos el camino a la gloria del Padre, confiándonos su misión: Así como el Padre me envió, yo también los envío
a ustedes (Jn 20, 21). Al referirse a “la palabra de tu predicador”,
Agustín se refiere al ya mencionado Ambrosio, quien siguiendo la misión del
Hijo en su propia vocación, logró captar su corazón y, por intermedio de sus
palabras, Agustín encontró también su propia misión, que no se desprende de la
misión del Hijo, marcada por su encarnación.
III.
Encarnación
Al sexto mes envió Dios el
Ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada
con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la Virgen era
María. Y, entrando, le dijo: ≪Alégrate llena de gracia, el Señor está
contigo.≫ Ella se conturbó por estas
palabras y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: ≪No temas, María, porque has
hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un
hijo a quién pondrás por nombre Jesús. Él será grande, se le llamará Hijo del
Altísimo y el Señor Dios se dará el trono de David, su Padre; reinará sobre la
casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.≫ María respondió al ángel: ≪¿Cómo será ésto, puesto que
no conozco varón?≫ El ángel le respondió: ≪El Espíritu Santo vendrá
sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de
nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu
pariente, ha concebido un hijo en su su vejez y este ya es el sexto mes de la
que se decía que era estéril, porque no hay nada imposible para Dios≫ Dijo María: ≪He aquí la esclava del Señor;
hágase en mí según tu palabra.≫ Y el ángel, dejándola, se fue.[6]
En
este relato, en el Evangelio de Lucas, Dios, por intermedio del ángel Gabriel,
le revela a la virgen María el misterio más grande de toda nuestra humanidad:
Dios se hace hombre. Hombre total. Dios nace en nuestra tierra. Dios pisa
nuestra tierra con pies humanos. Dios se encarna.
Kasper
dirá:
Jesucristo es una figura
histórica de importancia universal. Jesús de Nazaret vivió aproximadamente
entre el 7 a.C. y el 30 d.C. en Palestina. Su aparición puso en movimiento una
eficiencia que ha cambiado profundamente al mundo no sólo desde el punto de
vista religioso, sino también espiritual y social. Esta influencia penetra
hasta el presente a través de los cristianos y su comunidad, a través de las
iglesias y sus grupos. Pero existe también una influencia de Jesús fuera del
cristianismo «oficial» en toda nuestra civilización mundanamente orientada. Es
así como Jesús de Nazaret y su obra están hasta hoy inmediatamente presentes en
un sentido histórico-universal[7].
El
autor denota que la historicidad de Jesucristo es real, ya que hay estudios
realizados históricos que datan la existencia de Jesús. Él fue una persona
influyente en su contexto histórico, que trascendió su época, hasta el día de
hoy. Es un carpintero de los años 0, que recordamos todos por su obra en el
mundo y las enseñanzas que dejó.
III.
I. Dios hecho hombre. Humanidad de Jesús
Jesús
se encarna en el vientre de una Virgen, llamada María, como mencioné al
principio. Esto quiere decir que Jesús es concebido por obra del Espíritu Santo
en el seno de una mujer. Es importante destacar esto ya que clarifica un camino
marcado por Dios. Dios no quiso aparecer de la nada en medio nuestro, sino que
quiso, en su economía salvadora, ser uno más entre nosotros. No dejando de ser
Dios, pero tampoco dejando de ser humano.
A
lo largo de la historia de la Iglesia, hemos caído en diversos matices,
acentos, que fueron condenados como herejías. Arrio, presbítero de Alejandría,
niega explícitamente el carácter divino del Hijo. Es decir, que Jesús no
terminaba de ser Dios, y lo ubicaba en el lugar de creatura. Otro ejemplo, es
el caso del docetismo, que constituye una
forma de pensamiento que tiende a disminuir la realidad humana de Jesús de
diversos modos. Su cuerpo sería aparente, no real ni verdadero, o sería
celeste, no propiamente corpóreo, angélico, espiritual y por lo tanto, no
sujeto a las pasiones indignas de su divinidad, como, por ejemplo, el
sufrimiento y la muerte[8].
Podría seguir citando ejemplos, sin embargo, me interesa poder remarcar con
estos dos casos de herejías, que no siempre fue entendido Jesucristo como Dios
hecho hombre. Su encarnación fue motivo de polémicas, condenaciones y estudios
dentro de la Iglesia Católica. El concilio de Nicea, viene a subsanar y a
condenar la cristología arriana, con el símbolo bautismal. Al hablar de Cristo
dice: Creemos en un solo Dios… y en un
solo Señor Jesucristo, Hijo de Dios, generado unigénito del Padre, es decir, de
la substancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios
verdadero, generado, no hecho, consustancial al Padre, por medio del cual todo
ha sido hecho, lo que está en el cielo y lo que está en la tierra, el cual por
nosotros y por nuestra salvación descendió, se encarnó y se hizo hombre…” (Dz.
54; DH 125)[9].
Luego,
el concilio de Éfeso clarifica y declara sobre Jesús:
“...se hizo hombre de modo
inefable e incomprensible, y fue llamado hijo del hombre, no por sola voluntad
o complacencia, pero tampoco por la asunción al prósopon solo, y que las
naturalezas que se juntan en verdadera unidad son distintas, pero de ambas resulta
un sólo Cristo e Hijo, no como si la diferencia de las naturalezas se
destruyera por la unión, sino porque la divinidad y la humanidad constituyen
más bien para nosotros un sólo Señor y Cristo e Hijo por la concurrencia
inefable y misteriosa en la unidad…”[10].
El
concilio de Calcedonia, declara con unos célebres adverbios: sin confusión, sin
cambio, sin división, sin separación. Esto se convierte en clave de comprensión
de la relación entre la humanidad y la divinidad de Jesús.
Cabe
destacar que la Iglesia ha seguido su recorrido en diversos Concilios, luego
del de Calcedonia, reflexionando acerca de la humanidad-divinidad de Jesús. Si
bien en Calcedonia logramos comprender un poco más acerca de este misterio,
luego entendimos que la divinidad de Jesús, terminaba absorbiendo la naturaleza
humana. Entonces, un nuevo concilio de Constantinopla (II), subraya la unidad
de hipóstasis, mostrando que la distinción de las naturalezas es realizada
según una conceptualización de Jesús, es decir, que no se pueden dividir ambas
naturalezas en la realidad, es una distinción conceptual. Luego, en el Concilio
de Constantinopla III, subraya nuevamente las nuevas naturalezas, aportando que
en Jesús se encuentran dos voluntades: humana y divina, las cuales concluyen en
una acción única[11].
Comprender
la humanidad de Jesús nunca fue fácil. Como vimos, tuvimos nuestras idas y
venidas como Iglesia peregrina en el misterio de su Persona. Sin embargo, es
indispensable comprender a Jesús en este recorrido histórico, porque es de esta
manera en la que podemos comprender verdaderamente qué es lo que implica que
Dios se haya hecho hombre.
III. II.
¿Qué implica un Dios hombre en nosotros?
Ver la reflexión de Jesús histórica que
hemos hecho como Iglesia es importante, ayuda a poder comprender y acercarnos
un poco más a ese misterio e ir purificando nuestra mirada sobre la economía de
la salvación de Dios. Es poder captar con nuestro intelecto, la fe que nos fue
revelada. Como consecuencia de ser imagen divina somos capaces de conocer y
amar, por designio divino.
Ahora bien, para continuar con este
camino que venimos haciendo es importante poder preguntarnos para qué vino a
nosotros Dios. Para qué se encarnó. El prólogo del evangelista Juan dice:
Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos
visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de
gracia y de verdad (Jn 1, 14).
También, Pablo, en su carta a los
Filipenses dice:
Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios
como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo,
tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y
presentándose con aspecto humano, se
humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios
lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda
rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios
Padre: « Jesucristo es el Señor ». (Flp 2, 6-11)
En ambos pasajes, se encuentran algunas
coincidencias sobre lo que pudieron captar de la misión de la Palabra en
nuestra tierra: «Habitó», «Gloria», «Se
anonadó», «Humilló», «Semejante a los hombres», «Dios lo exaltó», «Señor».
A modo de eco, reitero éstas palabras que atraviesan ambas lecturas y teologías
(joánica y paulina). Ambos concuerdan en que Jesús no se quiso quedar viéndonos
desde arriba, sino que eligió el abajarse, adentrarse en nuestra carne para
poder comprendernos mejor, para poder entender qué es lo que le pasa al corazón
humano, para poder aprender de nosotros. Para cumplir esto, requería ser uno de
nosotros, sin dejar de lado el ser Dios. Entonces se anonadó a sí mismo, siendo
servidor, habitó entre nosotros para mostrarnos su Gloria y, de esta manera
revelarse una vez más en toda su divinidad, siendo exaltado por Dios, siendo
semejante a nosotros.
Estas consideraciones me llevan a una
apropiación espiritual, que me gustaría plasmar. Es como si
Dios nos dijese: “en Jesús humano-divino, está el camino para llegar a mí, no
busquen más”. Con este “oráculo” imaginativo, quiero reflejar a lo que vino
Jesús: a salvarnos y a mostrarnos el camino de esa salvación: la Cruz.
Sin
embargo, como también lo asegura Juan en su prólogo: Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron (Jn 1, 11). Es que
la Cruz es difícil de digerir. Sabemos el camino, sabemos qué nos dejó Jesús,
pero aún así es difícil de digerir y, a pesar de ésto, Jesús colgado en la
Cruz, nos dice todos los días: Padre,
perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34). Esto se repite todos
los días, cuando no comprendemos el camino que Jesús nos va marcando día a día.
Es un misterio que brota de un corazón humano-divino, del cual vislumbramos
algunas cosas y de manera confusa (cf. 1 Cor 13, 12).
III. III.
Corazón divino - humano de Jesús
El
Papa Francisco, en su carta encíclica Dilexit
nos, al hablar del corazón divino de Jesús, dice:
Tampoco nos quedamos sólo en sus sentimientos humanos, por más bellos y
conmovedores que sean, porque contemplando el Corazón de Cristo reconocemos
cómo en sus sentimientos nobles y sanos, en su ternura, en el temblor de su
cariño humano, se manifiesta toda la verdad de su amor divino e infinito. Así
lo expresaba Benedicto XVI: «Desde el horizonte infinito de su amor, Dios quiso
entrar en los límites de la historia y de la condición humana, tomó un cuerpo y
un corazón, de modo que pudiéramos contemplar y encontrar lo infinito en lo
finito, el Misterio invisible e inefable en el Corazón humano de Jesús, el
Nazareno».[12]
Jesús se compadeció (Mt 20,34), se
conmovió (Mt 9,36), lloró (Jn 11, 35), sintió tristeza (Mt 26, 38). Podemos
afirmar también, que al ser humano, fue un corazón que sintió los mismos
sentimientos que cada uno de nosotros, por más que no estén relatados en los
evangelios.
Es interesante lo que dice Francisco ya
que a través de estos sentimientos, deja entrever el corazón humano-divino. Es
decir, no es que estos sentimientos humanos son un eclipse al misterio de su
corazón divino, sino que son la puerta al corazón divino. Es lo mismo que
afirma Benedicto, citado por el mismo Francisco, que desde lo finito,
vislumbramos lo infinito. Desde el infinito, Dios nos muestra a través de lo
finito el misterio de su corazón infinito.
Luego, en otro punto, continúa Francisco:
Por eso, entrando en el Corazón de Cristo, nos sentimos amados por un
corazón humano, lleno de afectos y sentimientos como los nuestros. Su voluntad
humana quiere libremente amarnos y ese querer espiritual está plenamente
iluminado por la gracia y la caridad. Llegando a lo más íntimo de ese Corazón
nos inunda la gloria inconmensurable de su amor infinito como Hijo eterno que
ya no podemos separar de su amor humano. Precisamente en su amor humano, y no
apartándonos de él, encontramos su amor divino; encontramos «lo infinito en lo
finito».[13]
Entonces
cabe la unión divino-humana del corazón de Jesús. Dios no tiene corazón físico,
pero sí tiene corazón. En Jesús,
vemos que sí tiene corazón físico, material y también divino. No por ser divino
deja de ser humano y no por ser humano deja de ser divino. Es una paradoja
divina con sístoles y diástoles, que nos enseña que, a través de sus llagas
humanas, llegamos al Amor de Dios.
Quiso
Dios, encarnarse para poder llegar a sentir con nuestros sentimientos (cf. Lc
2,52), para comprender mejor nuestro corazón, para poder salvar nuestro
corazón, con sus razones y su lógica que el misterio del corazón humano
contiene.
IV El
corazón humano (nociones) llamado a la santidad
El
Papa Francisco, hace una muy breve síntesis sobre algunas nociones del corazón,
que retomo para comprender mejor el corazón humano:
En el griego clásico profano
el término kardia significa lo más interior de seres humanos, animales y
plantas. En Homero indica no sólo el centro corporal, sino también el centro
anímico y espiritual del ser humano. En la Ilíada, el pensar y el sentir son
del corazón y están muy próximos entre sí. Allí el corazón aparece como centro
del querer y como lugar en que se fraguan las decisiones importantes de la
persona. En Platón el corazón adquiere una función en cierto modo
“sintetizadora” de lo racional y lo tendencial de cada uno, pues tanto el
mandato de las facultades superiores como las pasiones se transmiten a través
de las venas que confluyen en el corazón. Así advertimos desde la antigüedad la
importancia de considerar al ser humano no como una suma de distintas
capacidades sino como un mundo anímico corpóreo con un centro unificador que
otorga a todo lo que vive la persona el trasfondo de un sentido y una
orientación[14].
Centro
de la persona, acción sintetizadora del hombre, centro anímico del hombre… En
las diversas nociones del corazón humano citadas por Francisco, coinciden en
que el corazón humano es el centro de la persona. Es el núcleo personal, en
donde se experimentan los mejores y peores pasares de la vida de cada ser
humano. Es el núcleo personal, en donde habla Dios directamente al hombre.
Dios
desde el comienzo de la historia de la humanidad, ama al hombre y lo llama a
estar con él. Fue conveniente que se encarne para conocer nuestro interior
corrompido por el mundo (en el sentido negativo) y ayudarnos a seguir el camino
de su Hijo. Enseñarnos que el camino es Jesús y que el mundo no es algo
negativo, sino que a través de el y en el mismo, podemos ser santos y llegar al
corazón de Dios eternamente.
Cristo,
entonces, compartió nuestro corazón humano, lo asumió para redimirnos. Kasper,
dice:
[...] Porque al nuevo
testamento no le interesan ni la desnuda realidad de la vida de Jesús ni los
detalles concretos de sus situaciones, sino el significado salvífico de este
verdadero ser hombre. Todo el interés se centra en decir que en él y por él Dios
habló y actuó de una manera escatológico-definitiva y, por lo mismo,
históricamente insuperable, y hasta que Dios estaba en él para reconciliar el
mundo consigo (2 Cor 5, 18). Por eso también la salvación escatológica de cada
hombre se decide en este hombre concreto Jesús de Nazaret.[15]
La
salvación nos viene de Dios, por medio de Jesucristo. Cabe resaltar una y mil
veces esto, para evitar desvíos conceptuales e ideológicos. La salvación viene
de Dios hecho carne. Como dice la constitución pastoral Gaudium et Spes del
Concilio Vaticano II: [...] el misterio
del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado[16]. La
santidad a la cual estamos llamados, es una santidad encarnada, con nuestro
corazón herido y pecador, viene de un Dios hecho carne, que nos dejó su ejemplo
a seguir para que, humano como nosotros, nos humanicemos cada vez más en
Cristo. Es algo personal y bien concreto este camino a seguir. Jesús llama al
corazón de cada ser humano a ser santo; a la felicidad; a estar con él
eternamente.
V
“Ámense los unos a los otros como yo los he amado”
En
el Evangelio de Juan, llegada la hora de Jesús, en el contexto de la última
cena, Jesús dijo a sus discípulos:
Les doy un mandamiento nuevo: ámense los
unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a
los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor
que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 34-35).
Jesús,
con su ejemplo en nuestra tierra, nos deja la clave: el amor. Sin embargo, esto
parece tan abstracto y ordinario, que bien podría estar en un sticker moderno
con colores y letras minimalistas llamativas. Sin embargo, a pesar de que esté
de moda “amar” todo, no se ama nada o, al menos, no se entiende el concepto
profundo de amar. El amor que Jesús nos enseñó y nos dejó, es un amor oblativo,
el cual se da hasta la muerte, padeciendo los males, optando por el bien, la
verdad y que brote la belleza, es decir, ese mal padecido en Jesús es bello.
Esa es la belleza, ese es Él Amor. De ahí que Jesús nos dice: “ámense como yo
los amé”, es un decir, parafraseando: “ámense hasta la muerte, dando todo por
el otro, por amor”.
V.
I. Vínculos humanos (sociedad líquida y aislada)
El
“darlo todo por amor” hoy, no está de moda. No es algo que lleve a la práctica.
No es la cultura de amarse hasta el extremo, de perseverar en las dificultades,
de animarse a amar en lo arduo. Hoy si algo cuesta, enseguida nos deshacemos de
ello. Si algo se complica en un vínculo, enseguida lo “bloqueamos”, lo
“freezamos”, lo dejamos de lado. Es más fácil. Es la sociedad líquida que se
mueve según donde sople el viento; según lo que “voy sintiendo” o “vibrando”.
Si siento que me hace bien, lo hago y si me implica un esfuerzo mayor al
sentimiento de placer que me puede brindar esa acción, no lo hago. Esto,
claramente, no viene de un discernimiento ignaciano en donde se pone en la
balanza y se discierne la voluntad de Dios, sino que, al contrario, es depende
los impulsos que voy teniendo.
En
la carta encíclica, el Papa Francisco dice:
En este mundo líquido es
necesario hablar nuevamente del corazón, apuntar hacia allí donde cada persona,
de toda clase y condición, hace su síntesis; allí donde los seres concretos
tienen la fuente y la raíz de todas sus demás potencias, convicciones, pasiones,
elecciones. Pero nos movemos en sociedades de consumidores seriales que viven
al día y dominados por los ritmos y ruidos de la tecnología, sin mucha
paciencia para hacer los procesos que la interioridad requiere. En la sociedad
actual el ser humano «corre el riesgo de perder su centro, el centro de sí
mismo». «El hombre contemporáneo se encuentra a menudo trastornado, dividido,
casi privado de un principio interior que genere unidad y armonía en su ser y
en su obrar. Modelos de comportamiento bastante difundidos, por desgracia,
exasperan su dimensión racional-tecnológica o, al contrario, su dimensión
instintiva». Falta corazón.[17]
Francisco
advierte sobre el mundo actual como un mundo líquido y coincide en que estamos
aturdidos por la tecnología, los placeres, la comodidad. Esto nos fragmenta,
divide y nos aleja de Dios y de los otros.
Una
nota en el diario Clarín, dice:
El Informe Global Digital
2024 Global, publicado en colaboración por Meltwater y We Are Social analizó
los hábitos digitales en el mundo. Ahora veremos los números de los países de
América Latina, revelando datos sorprendentes sobre el tiempo que las personas
dedican a sus teléfonos móviles.
En el caso de Argentina, los
resultados evidencian un promedio significativo en el tiempo frente a la
pantalla del celular, posicionando al país dentro de un rango intermedio en la
región. ¡Los argentinos dedican en promedio 6 horas al día al uso de sus teléfonos
móviles![18]
Lo
traigo a colación porque es un testimonio de cómo vivimos hoy. Esas seis horas
que pasamos frente a la pantalla del celular, nos aíslan cada vez más del otro;
del momento presente. Vivimos una vida de cuerpo presente, pero mente, corazón
y espíritus anestesiados y disociados de la realidad. Poco a poco nos
desencarnamos para vivir en la pantalla. Esto cada vez toma más fuerza en
nuestra cultura y nos aisla. Los vínculos son virtuales y muchas veces no
trascienden las pantallas. Con esto no quiero decir que no sea positivo
vincularse de manera virtual, sin embargo, requiere mucha disciplina y orden
mental para poder manejar las pantallas y que éstas no nos manejen a nosotros.
Es difícil, porque somos de condición frágil y las aplicaciones están hechas para
generar adicción y dependencia.
V.
II. ¿Cómo nos relacionamos hoy entre nosotros?
Hoy
algunos luchan contra esta adicción, optando por vínculos libres de pantallas o
bien, reduciéndolas. Sin embargo, en muchas ocasiones, prima la virtualidad,
vinculándonos mediante juegos online o bien, por medio de redes sociales
solamente y, al momento de vincularse personalmente, nos cuesta más. La
pantalla genera seguridad en muchos casos o bien, podría decirse que nos
desinhibe. Sin embargo, sabemos por experiencia forzada en la pandemia del
covid-19, que los encuentros personales son irremplazables. Un contacto
humano-humano, simplemente para conversar y pasar el tiempo, es mil veces más
fructífero que una videollamada o juntarse a jugar online. Porque el contacto
con otro humano, nos invita a salir de nosotros mismos, a movernos, a preparar
el encuentro, de manera interior o exterior. Aburrirse con otro también tiene
eso de real que no tiene la pantalla o el encuentro virtual.
Hoy
nuestros vínculos humanos han perdido mucho de lo que nuestros abuelos han
vivido. Encuentros sencillos que enriquecían la vida. No eran perfectos esos
vínculos, pero soportaban de otra manera. Hoy, si una persona lastima a otra,
enseguida la “dejamos de seguir”, la “bloqueamos” o aplicamos la ley del hielo,
que es ignorar al otro por completo: una indiferencia que mata. El Papa
Francisco dice que nos falta corazón, estas cosas van quitándonos el corazón y
haciéndonos más fríos y aislados.
Hoy
las heridas no nos dejan ver bien al otro. Hoy nos vinculamos desde las heridas
y no desde el perdón y esto genera mas división. El perdón pasó de moda. Hasta
parece que vamos incivilizándonos, ya
que estamos nuevamente parados en la ley del talión[19]. En vez
de recordar las palabras de Jesús, de perdonar hasta setenta veces siete (Mt
18, 22). Hemos perdido el espíritu de convivencia, de tolerancia, de perdón.
Hemos perdido en nuestros vínculos, el ver más allá de la herida, siguiendo los
pasos de Jesús.[20]
V.
III. Persona Espiritualizada
Kasper
dice:
Para la Escritura, el
espíritu no es una fuerza natural impersonalmente vital, no es embriaguez
dionisíaca frente a la claridad apolínea (F. Nietzsche). Según la Biblia, el
hombre no se pertenece a sí mismo, porque pertenece a Dios y a él se debe
totalmente. [...] El espíritu es el poder vital de Dios, su presencia viva y
vivificante en el mundo y la historia; el espíritu es el poder de Dios respecto
de la creación y la historia.
El espíritu de Dios actúa
fundamentalmente dondequiera que hay y surge vida. [...] Pero el espíritu de
Dios actúa no solo en la naturaleza, sino igualmente en la cultura, la
agricultura, la arquitectura, la administración de la justicia y la política,
toda sabiduría humana es don de Dios. El cae sobre hombres determinados,
haciéndolos instrumentos de los planes de Dios. El espíritu es, por hablar de
alguna manera, la esfera en la que se mueven esos hombres poseídos por él.[21]
Al
hablar de persona espiritualizada, me refiero a una persona que sigue el
Espíritu de Dios. Que sigue su voluntad, su consejo, al modo de Jesucristo. La
persona espiritualizada es la persona que se deja guiar por Dios en todo lo que
haga, haga lo que haga. Me gusta que Kasper dice que Dios actúa en la
agricultura, en la política, en la arquitectura… Es decir, abre el juego a
lugares en donde se puede vivir tranquilamente sin Dios, pero, si se vive
unidos a la voluntad de Dios, podemos decir que se vive una agricultura
espiritualizada, una política espiritualizada, una arquitectura
espiritualizada. Esto no quiere decir que se abstraen de la realidad, al
contrario, es el espíritu que toma posesión de lo material, y lo eleva para
ofrecerlo a Dios, en su nombre y, de esta manera, el reino de Dios es sembrado,
de manera concreta.
V.
III. I. La persona espiritualizada vive:
La
persona espiritualizada, vive las obras de misericordia y una vida de oración
por los demás. Son dos ejes de los cuales no se puede salir, porque sin alguno
de ellos, se traduce en activismo o bien, en espiritualismo. Cada pata es
importante para poder vivir la vida de una persona espiritualizada, que
entiende que las acciones brotan de una vida interior cultivada, configurándose
con Cristo. Es una espiritualidad kenótica
desde abajo[22].
Es el ser del cristiano: desde la vida interior, vivir unidos a Dios y a los
hermanos.
V.
III. II. Las obras de misericordia
Vivir
en Dios, ser una persona espiritualizada, conlleva indefectiblemente, amar al
otro, salir de uno para encontrarse con el otro. Hacerlo no desde un pedestal,
sino, sabiendo que Dios, al encarnarse, se abajó por mí y que yo estoy llamado
a hacer lo mismo con el prójimo. Si Dios actuó por mí de tal manera, ¿cómo no
voy a hacerlo también por el hermano enfermo, sólo, triste, pobre, sin los
mismos recursos que yo?
Una
tentación puede llegar a ser el quedarse quieto y quejarse ante Dios por esas
realidades que no comprendemos de la sociedad. Sin embargo, si vivimos
realmente en Cristo y comprendemos que Jesús nos invita a abajarnos siempre
como él lo hizo con nosotros, nos ponemos enseguida en movimiento. Vivir
espiritualizados no es vivir en una nube, mirando desde arriba. Es todo lo
contrario. Una vida espiritualizada es comprometerse en espíritu y en verdad
con el hermano que tengo al lado, sea la vivencia que tenga. Vivir dándome en
acción, con mi tiempo, mi sabiduría y mi ser por completo. Es detenerse como el
buen samaritano (cf. Lc 10, 25-37), ante el que sufre, por Amor.
El
que vive una vida espiritualizada, vive en salida de sí mismo, vive hacia los
demás. Porque sabe que recibió gratuitamente y que esto es el fundamento para
dar gratuitamente (cf. Mt 10, 7-13). El amor a los hermanos, en Cristo, es
entonces, el camino encarnado de nuestra divinización.
V.
III. III. Oración por los demás
Asimismo,
hay un aspecto fundamental, que es la oración. En ella entramos en diálogo
directo y personal con Dios del cual brota toda acción que podamos realizar en
nuestra vida. Si actuamos por el mero hecho de actuar, se convierte en
activismo y poco tiene de Amor a Cristo y al camino marcado por él. Esto
destruye a la persona y también la termina aislando, porque es un riesgo hacer
por hacer, con el fin de verme en acción. Es una acción vacía, carente de Dios.
La
persona espiritualizada, al modo de Jesús, reza como lo hacía el mismo Jesús,
que pasaba noches en oración (cf. Lc 6, 12), en diálogo con el padre. Esto no
lo convertía en un espiritualista, sino que esa oración era la fuente y culmen
de su vida entre nosotros. El diálogo con el Padre era la fuente y culmen de
todo su accionar: las miradas a los demás, las curaciones, el estar con
nosotros. Brota de, en oración, ir descubriendo cuál era la misión y voluntad
del Padre. Solo de esa manera podía cumplirla.
Nosotros
estamos llamados a hacer lo mismo. Podemos hacer cualquier tipo de actividad,
pero si no lo hacemos desde la oración, no tiene sentido, es una acción vacía
que destruye al hombre, porque lo enfoca en el hacer y no en el fundamento y el
“para qué” acciona.
El
camino de la persona espiritualizada es un camino de oración, que va
transfigurando y configurando a la misma con Cristo. Con el espíritu de Dios,
podemos ser trabajadores y sembradores del Reino que Jesús vino a instaurar
entre nosotros. Pero el camino es la oración. Solo así podemos llegar a nuestra
divinización.
VI
Conclusión
En
síntesis, este camino que recorrimos, fue para poder profundizar en esta
tensión que hemos vivido a lo largo de la historia de la Iglesia, en donde
oración y acción han sido polos opuestos y, en caso contrario, cuando personas
viven esto de manera integrada, no polarizada, la obra de Dios actúa con mayor
fuerza.
Cuando,
hemos dejado de lado la oración, caímos en un activismo vacío, lleno de obras
pero vacío de corazón, de sentido. Y, en caso contrario, cuando hemos dejado de
lado las acciones, priorizando la oración, hemos caído en un espiritualismo
desencarnado, que nada tiene que ver con la misión de la Iglesia. Es
importante, entonces, cuidar ambos polos, integrándolos, al modo de Jesús.
Si
somos cristianos es porque seguimos a Cristo, y él tenía integradas ambas
dimensiones en su Persona. Por eso el camino que nos dejó al pasar por nuestra
Tierra, es el camino para nuestra divinización. Oración, acción, humildad,
misericordia… En definitiva, el Amor por el prójimo. Esa es la clave para poder
comprender a Jesús en su totalidad. Ciertamente no es un camino sencillo, ni
mucho menos. Es un camino Pascual, que nos deja expuestos ante nuestros propios
límites culturales y personales. Hoy, por lo menos, sabemos cuál es el camino, tenemos
un punto de partida y de llegada.
La
divinidad se hizo carne para mostrarnos que desde la carne se puede llegar a la
felicidad; a ser santos; a estar con Dios eternamente. Dios nos amó y nos
perdonó primero, ¿Cómo, entonces, nosotros no vamos a hacer lo mismo?
VII
Bibliografía
-
Biblia
de Jerusalén, Editorial Desclée De Brouwer, S.A., 1998.
-
Una
espiritualidad desde abajo: el diálogo con Dios desde el fondo de la persona.
Anselm Grün y Meinrad Dufner, 1ra edición, 7ma reimpresión. Buenos Aires: Ágape
Libros, 2015.
-
Deus
caritas est, Benedicto XVI.
-
San
Agustín, Confesiones. -9na edición- Buenos Aires: Bonum, 2013.
-
Walter
Kasper: Jesús, el Cristo, quinta edición, Ediciones Sígueme-Salamanca, 1984.
-
Alberto
Espezel, Jesucristo y su misión, 1ra edición, Ágape Libros, 2022.
-
Dilexit
nos: carta encíclica del santo padre Francisco sobre el amor humano y divino
del Corazón de Jesucristo. Papa Francisco. Versión online.
[1] Una espiritualidad desde abajo: el diálogo con Dios desde
el fondo de la persona. Anselm Grün y Meinrad Dufner, 1ra edición, 7ma
reimpresión. Buenos Aires: Ágape Libros, 2015. Páginas 11-12.
[2] Deus caritas est, 1, Benedicto XVI, versión online.
[3] Fuente: ChatGPT.
[4] San Agustín, Confesiones. -9na edición- Buenos Aires:
Bonum, 2013. libro I, I, página 13.
[5] Ibid.
[6] Lc
1, 26-38
[7] Walter Kasper: Jesús, el Cristo, quinta edición,
Ediciones Sigueme-Salamanca, 1984. Página 27.
[8] Alberto Espezel, Jesucristo y su misión, 1ra edición,
Ágape Libros, 2022. Página 146.
[9] ibid. Pág. 149.
[10] Ibid. Pág. 154.
[11] Cf. Ibid. Pág. 170.
[12]Dilexit nos: carta encíclica del santo padre Francisco
sobre el amor humano y divino del Corazón de Jesucristo. Papa Francisco.
Versión online. Número 64.
[13] Ibid. Número 67.
[14] Ibid. Número 3.
[15] Walter Kasper: Jesús, el Cristo, quinta edición,
Ediciones Sígueme-Salamanca, 1984. Página 241.
[16] Concilio Ecuménico Vaticano II (1965). Constitución
pastoral, Gaudium et spes, Sobre la iglesia en el mundo actual, 22.
[17] Dilexit nos: carta encíclica del santo padre
Francisco sobre el amor humano y divino del Corazón de Jesucristo. Papa
Francisco. Versión online. Número 9.
[18]
https://www.clarin.com/informacion-general/ranking-digital-cuantas-horas-pasan-argentinos-frente-celular-afecta-vidas_0_22ivDxMUbW.html
[19] Ojo por ojo, diente por diente.
[20] Aclaro que es una generalización y que, en muchísimos
casos, se apuesta a seguir vinculando de manera contraria.
[21] Walter Kasper: Jesús, el Cristo, quinta edición,
Ediciones Sígueme-Salamanca, 1984. Páginas 316-317.
[22] Es un juego de palabras que quiere traducir que la
vida del cristiano, es una vida de abajamiento al modo de Cristo, teniendo en
cuenta que ese abajamiento personal parte desde la carne misma, desde la vida
personal de cada uno.
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