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La humanidad de Jesús como clave para nuestra divinización



Me pareció interesante subir acá un trabajo de síntesis que nos piden para realizar en la facultad. En vez de que quede simplemente entre la facultad y yo, me gustaba la idea de subirlo acá. Capaz sirve y suma y sino, bueno, no pasa nada. 

Te aviso, de ante mano, que son 20 páginas. Digo, para que sepas... Es de fácil lectura igual.

Espero te sirva!




PONTIFICIA UNIVERSIDAD CATÓLICA ARGENTINA

FACULTAD DE TEOLOGÍA


 

Síntesis teológica

 

La humanidad de Jesús como clave para nuestra divinización

 

 

Alumno: Romani Jonathan.

 

 

 

La humanidad de Jesús como clave para nuestra divinización



Índice

 

I.                    Introducción

II.                  Humanidad

II. I.  San Agustín: deseo de trascendencia del hombre

III.                Encarnación

III. I. Dios hecho hombre. Humanidad de Jesús

III. II. ¿Qué implica un Dios hombre en nosotros?

III. III. Corazón divino - humano de Jesús

IV.                El corazón humano (nociones) llamado a la santidad

V.                  “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”

V. I. Vínculos humanos (sociedad líquida y aislada)

V. II. ¿Cómo nos relacionamos hoy entre nosotros?

V. III. Persona Espiritualizada.

V. III. I. La persona espiritualizada vive:

V. III. II. Las obras de misericordia

V. III. III. Oración por los demás

VI.                Conclusión

VII.             Bibliografía

 

 

 

 

       I.            Introducción

A lo largo de este trabajo, quiero desarrollar el camino que nosotros, los seres humanos realizamos para poder alcanzar la santidad. Jesús, Palabra hecha carne, nos dejó un camino de verdad y vida para poder alcanzar este objetivo.

Este camino, es posible verlo desde dos perspectivas: desde un movimiento de abajo hacia arriba o bien, de arriba hacia abajo. Quisiera aclarar estos conceptos, apoyado en un libro de Anselm Grüm y Meinrad Dufner, en donde desarrollan las diferencias entre ambos caminos:

En la historia de la espiritualidad se pueden distinguir dos corrientes clasificatorias. Hay una espiritualidad desde arriba, que parte de los principios de arriba y desciende a las realidades de abajo. Y hay otra espiritualidad desde abajo, que parte de las realidades de abajo para elevarse a Dios. La espiritualidad desde abajo afirma que Dios habla en la Biblia y por la Iglesia pero también nos habla por nosotros mismos a través de nuestros pensamientos y sentimientos, por nuestro cuerpo, por nuestros sueños, hasta por nuestras mismas heridas y presuntas flaquezas. [...] La espiritualidad desde arriba parte de las cumbres de un ideal prefijado. Arranca del ideal bien perfilado de un fin que el sujeto debería alcanzar mediante la oración y las prácticas espirituales. [...] La espiritualidad de arriba brota de la aspiración humana a ser mejor, a superarse, a acercarse cada vez más a Dios.[1]

Estos caminos, hablan de la búsqueda del corazón humano de Dios. Ambos caminos llevan a Dios. Sin embargo, voy a optar por escoger el camino desde abajo, simplemente por el hecho de hacer una opción. Considero que Jesús se anonadó a sí mismo; se abajó, para que nosotros, desde ese abajamiento, podamos seguir sus pasos y llegar a Dios. Es entonces, que, desde esa kénosis de Cristo, podemos seguir sus pasos encarnados.

Para seguir este camino, me voy a apoyar en varios autores, sobre todo en Kasper, que, con sus obra “Jesús, el Cristo” permite profundizar más en esta misma línea.

Si bien voy a apoyarme en este autor, me acompañan a lo largo del desarrollo otros autores que iré citando. Uno de ellos que me ayuda a comenzar esta reflexión es Benedicto XVI, que, en su encíclica “Deus caritas est”, dice:

Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. En su Evangelio, Juan había expresado este acontecimiento con las siguientes palabras: « Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna » (cf. 3, 16)[2].

El camino del cristiano no comienza por una idea, como dice Benedicto, sino por un encuentro con una Persona, que nos orienta hacia la verdadera vida.

Es interesante descubrir que este camino que realizamos desde abajo, es un camino que nos fue revelado a través de la kénosis del Hijo, haciendo él ese camino inverso al nuestro, desde arriba. Benedicto cita Jn 3, 16 , en donde explica que Dios se revela en primer lugar y nos entrega a su propio Hijo para marcarnos el camino. Desde arriba Dios se nos revela en el Hijo y nosotros, desde abajo, con la gracia de Dios que nos es dada a través de su Espíritu, seguimos sus pasos para alcanzar nuestra divinización y poder participar un día de su Gloria.

 

   II.            Humanidad

Para comenzar a hablar sobre la humanidad, se me ocurrió consultarle a una de las herramientas que utilizamos hoy en día, la IA, en ChatGPT, sobre la humanidad. La pregunta fue: “¿Qué es la humanidad?” y me respondió lo siguiente:

La humanidad puede entenderse en distintos niveles:

1.                       Como especie biológica: hace referencia al conjunto de todos los seres humanos, la especie Homo sapiens, con sus características físicas, biológicas y evolutivas.

2.                       Como comunidad universal: designa a la totalidad de los hombres y mujeres en la historia y en el presente, unidos por la dignidad que comparten y por el hecho de ser personas.

3.                       Como cualidad moral: también se habla de "tener humanidad", es decir, actuar con compasión, bondad, sensibilidad y respeto hacia los demás, reconociendo el valor de cada persona.

4.                       En sentido filosófico y teológico: es aquello que constituye lo propio del ser humano: razón, libertad, capacidad de amar, apertura a la trascendencia, responsabilidad y relación con los otros.[3]

Si bien no es de una profundidad acabada, de hecho, ni cerca está de serlo, me pareció un buen primer acercamiento hacia la humanidad, conceptualmente hablando.

A lo largo de la historia de la humanidad, podemos ver cómo el ser humano ha intentado descifrar el misterio del mismo, a la luz de diversas ciencias; aspectos; religiones; filosofías; caminos. Cada autor ha aportado lo suyo para poder acercarse. Por ejemplo, Darwin con la teoría de la evolución, comprendiendo que hemos evolucionado a lo largo de la historia. Aristóteles, aportando que el hombre se destaca por su razón. Platón, explicando al ser humano como la unión de un alma inmortal con un cuerpo mortal. Y así, la humanidad entera ha ido buscando e intentando descubrir qué es lo propio de la si misma; para qué estamos en esta vida; qué sentido tiene nuestra existencia, etc.

Nosotros, los cristianos, creemos en un Dios Padre creador de todo. De Él venimos y hacia Él vamos. No podemos entendernos sin Él. Es por esto, que entendemos que hay algo en el ser humano, algo que Dios nos dió que es propio de Él y propio nuestro.

II. I. San Agustín: deseo de trascendencia del hombre

San Agustín entendió esto de una manera muy particular. En su libro “Confesiones”, en el primer libro, escribe lo que caracteriza todas sus obras, su pensamiento y su espiritualidad:

Grande eres, Señor, y muy digno de alabanza; grande es nuestro Señor, todo lo puede, nadie puede medir su inteligencia. Y se atreve a alabarte en el ser humano que lleva alrededor suyo la mortalidad, que lleva a flor de piel la marca de su pecado y el testimonio de que Tú resistes a los orgullosos. Sin embargo, se atreve a alabarte un hombre, parte insignificante de tu creación. Y Tú mismo eres quien le estimulas para que encuentre deleite en alabarte, porque nos has creado orientados hacia Ti, y nuestro corazón estará intranquilo hasta que descanse en Ti.[4]

Entiende que nuestro ser, nuestra humanidad, está llamada a algo más que lo material.

Toda la vida de Agustín, está marcada por la búsqueda de la verdad, en donde se vio impactado cuando encontró en Ambrosio de Milán, una combinación de dialéctica magistral y una pasión por defender la fe y anunciar el Evangelio muy fuerte. Sus predicaciones lo fueron acercando a este Dios de la verdad que toda su vida estuvo anhelando. Es entonces, que, de manera empírica, Agustín puede decir que el que lo fue impulsando a Dios, fue el mismo Dios, que desde su interior lo impulsaba a buscarlo como si fuera un imán, atraído hacia su Persona. Lo que estaba en su interior de Dios, naturalmente pujaba hacia Dios y lo siguió haciendo a lo largo de toda su vida. Para Agustín, y todos los cristianos, esto es una parte indispensable del hombre, de la cual no podemos desprendernos.

El corazón humano, al haber sido creado por Dios, tiende hacia Dios. Es propio del ser humano tender a Dios: buscar la verdad, el bien, la belleza. Si bien está teñido por el pecado -Agustín también lo entiende por experiencia propia-, el corazón humano está creado para el bien y esas tinieblas van a disiparse cuando descansemos en Dios; cuando lleguemos a la gloria.

Pero, ¿cómo invocarían al Señor sin haber antes creído en él? ¿Cómo creer en él si antes no oyeron hablar de él? Y alabarán al Señor los que lo buscan. Porque el que busca halla y una vez que le encuentren le alabarán. Haz que te busque, Señor, llamándote y que te llame creyendo en Ti, pues ya me has sido anunciado. Señor, te llama mi fe, la fe que me diste, la que me inspiraste por medio de la humanidad de tu Hijo y la palabra de tu predicador.[5]

Asimismo, Agustín entiende que este deseo de trascendencia del corazón humano es un camino que Dios nos propuso a través de la humanidad de su Hijo. Evidentemente, estábamos errando el camino, dejándonos llevar por el príncipe de este mundo, sin comprender el camino al cual Dios nos estaba llamando. Convino, entonces, que Dios enviara a su Hijo al mundo, para asumir el pecado, vencer a la muerte y enseñarnos el camino a la gloria del Padre, confiándonos su misión: Así como el Padre me envió, yo también los envío a ustedes (Jn 20, 21). Al referirse a “la palabra de tu predicador”, Agustín se refiere al ya mencionado Ambrosio, quien siguiendo la misión del Hijo en su propia vocación, logró captar su corazón y, por intermedio de sus palabras, Agustín encontró también su propia misión, que no se desprende de la misión del Hijo, marcada por su encarnación.

 

III. Encarnación

Al sexto mes envió Dios el Ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la Virgen era María. Y, entrando, le dijo: Alégrate llena de gracia, el Señor está contigo. Ella se conturbó por estas palabras y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo a quién pondrás por nombre Jesús. Él será grande, se le llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios se dará el trono de David, su Padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin. María respondió al ángel: ¿Cómo será ésto, puesto que no conozco varón? El ángel le respondió: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su su vejez y este ya es el sexto mes de la que se decía que era estéril, porque no hay nada imposible para Dios Dijo María: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y el ángel, dejándola, se fue.[6]

En este relato, en el Evangelio de Lucas, Dios, por intermedio del ángel Gabriel, le revela a la virgen María el misterio más grande de toda nuestra humanidad: Dios se hace hombre. Hombre total. Dios nace en nuestra tierra. Dios pisa nuestra tierra con pies humanos. Dios se encarna.

Kasper dirá:

Jesucristo es una figura histórica de importancia universal. Jesús de Nazaret vivió aproximadamente entre el 7 a.C. y el 30 d.C. en Palestina. Su aparición puso en movimiento una eficiencia que ha cambiado profundamente al mundo no sólo desde el punto de vista religioso, sino también espiritual y social. Esta influencia penetra hasta el presente a través de los cristianos y su comunidad, a través de las iglesias y sus grupos. Pero existe también una influencia de Jesús fuera del cristianismo «oficial» en toda nuestra civilización mundanamente orientada. Es así como Jesús de Nazaret y su obra están hasta hoy inmediatamente presentes en un sentido histórico-universal[7].

El autor denota que la historicidad de Jesucristo es real, ya que hay estudios realizados históricos que datan la existencia de Jesús. Él fue una persona influyente en su contexto histórico, que trascendió su época, hasta el día de hoy. Es un carpintero de los años 0, que recordamos todos por su obra en el mundo y las enseñanzas que dejó.

 

 

III. I. Dios hecho hombre. Humanidad de Jesús

Jesús se encarna en el vientre de una Virgen, llamada María, como mencioné al principio. Esto quiere decir que Jesús es concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de una mujer. Es importante destacar esto ya que clarifica un camino marcado por Dios. Dios no quiso aparecer de la nada en medio nuestro, sino que quiso, en su economía salvadora, ser uno más entre nosotros. No dejando de ser Dios, pero tampoco dejando de ser humano.

A lo largo de la historia de la Iglesia, hemos caído en diversos matices, acentos, que fueron condenados como herejías. Arrio, presbítero de Alejandría, niega explícitamente el carácter divino del Hijo. Es decir, que Jesús no terminaba de ser Dios, y lo ubicaba en el lugar de creatura. Otro ejemplo, es el caso del docetismo, que constituye una forma de pensamiento que tiende a disminuir la realidad humana de Jesús de diversos modos. Su cuerpo sería aparente, no real ni verdadero, o sería celeste, no propiamente corpóreo, angélico, espiritual y por lo tanto, no sujeto a las pasiones indignas de su divinidad, como, por ejemplo, el sufrimiento y la muerte[8]. Podría seguir citando ejemplos, sin embargo, me interesa poder remarcar con estos dos casos de herejías, que no siempre fue entendido Jesucristo como Dios hecho hombre. Su encarnación fue motivo de polémicas, condenaciones y estudios dentro de la Iglesia Católica. El concilio de Nicea, viene a subsanar y a condenar la cristología arriana, con el símbolo bautismal. Al hablar de Cristo dice: Creemos en un solo Dios… y en un solo Señor Jesucristo, Hijo de Dios, generado unigénito del Padre, es decir, de la substancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, generado, no hecho, consustancial al Padre, por medio del cual todo ha sido hecho, lo que está en el cielo y lo que está en la tierra, el cual por nosotros y por nuestra salvación descendió, se encarnó y se hizo hombre…” (Dz. 54; DH 125)[9].

Luego, el concilio de Éfeso clarifica y declara sobre Jesús:

“...se hizo hombre de modo inefable e incomprensible, y fue llamado hijo del hombre, no por sola voluntad o complacencia, pero tampoco por la asunción al prósopon solo, y que las naturalezas que se juntan en verdadera unidad son distintas, pero de ambas resulta un sólo Cristo e Hijo, no como si la diferencia de las naturalezas se destruyera por la unión, sino porque la divinidad y la humanidad constituyen más bien para nosotros un sólo Señor y Cristo e Hijo por la concurrencia inefable y misteriosa en la unidad…”[10].

El concilio de Calcedonia, declara con unos célebres adverbios: sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación. Esto se convierte en clave de comprensión de la relación entre la humanidad y la divinidad de Jesús.

Cabe destacar que la Iglesia ha seguido su recorrido en diversos Concilios, luego del de Calcedonia, reflexionando acerca de la humanidad-divinidad de Jesús. Si bien en Calcedonia logramos comprender un poco más acerca de este misterio, luego entendimos que la divinidad de Jesús, terminaba absorbiendo la naturaleza humana. Entonces, un nuevo concilio de Constantinopla (II), subraya la unidad de hipóstasis, mostrando que la distinción de las naturalezas es realizada según una conceptualización de Jesús, es decir, que no se pueden dividir ambas naturalezas en la realidad, es una distinción conceptual. Luego, en el Concilio de Constantinopla III, subraya nuevamente las nuevas naturalezas, aportando que en Jesús se encuentran dos voluntades: humana y divina, las cuales concluyen en una acción única[11].

Comprender la humanidad de Jesús nunca fue fácil. Como vimos, tuvimos nuestras idas y venidas como Iglesia peregrina en el misterio de su Persona. Sin embargo, es indispensable comprender a Jesús en este recorrido histórico, porque es de esta manera en la que podemos comprender verdaderamente qué es lo que implica que Dios se haya hecho hombre.

 

 

 

 

III. II. ¿Qué implica un Dios hombre en nosotros?

 

Ver la reflexión de Jesús histórica que hemos hecho como Iglesia es importante, ayuda a poder comprender y acercarnos un poco más a ese misterio e ir purificando nuestra mirada sobre la economía de la salvación de Dios. Es poder captar con nuestro intelecto, la fe que nos fue revelada. Como consecuencia de ser imagen divina somos capaces de conocer y amar, por designio divino.

Ahora bien, para continuar con este camino que venimos haciendo es importante poder preguntarnos para qué vino a nosotros Dios. Para qué se encarnó. El prólogo del evangelista Juan dice: 

Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad (Jn 1, 14).

También, Pablo, en su carta a los Filipenses dice:

Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano,  se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre,  para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos,  y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: « Jesucristo es el Señor ». (Flp 2, 6-11)

En ambos pasajes, se encuentran algunas coincidencias sobre lo que pudieron captar de la misión de la Palabra en nuestra tierra: «Habitó», «Gloria», «Se anonadó», «Humilló», «Semejante a los hombres», «Dios lo exaltó», «Señor». A modo de eco, reitero éstas palabras que atraviesan ambas lecturas y teologías (joánica y paulina). Ambos concuerdan en que Jesús no se quiso quedar viéndonos desde arriba, sino que eligió el abajarse, adentrarse en nuestra carne para poder comprendernos mejor, para poder entender qué es lo que le pasa al corazón humano, para poder aprender de nosotros. Para cumplir esto, requería ser uno de nosotros, sin dejar de lado el ser Dios. Entonces se anonadó a sí mismo, siendo servidor, habitó entre nosotros para mostrarnos su Gloria y, de esta manera revelarse una vez más en toda su divinidad, siendo exaltado por Dios, siendo semejante a nosotros.

Estas consideraciones me llevan a una apropiación espiritual, que me gustaría plasmar. Es como si Dios nos dijese: “en Jesús humano-divino, está el camino para llegar a mí, no busquen más”. Con este “oráculo” imaginativo, quiero reflejar a lo que vino Jesús: a salvarnos y a mostrarnos el camino de esa salvación: la Cruz.

Sin embargo, como también lo asegura Juan en su prólogo: Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron (Jn 1, 11). Es que la Cruz es difícil de digerir. Sabemos el camino, sabemos qué nos dejó Jesús, pero aún así es difícil de digerir y, a pesar de ésto, Jesús colgado en la Cruz, nos dice todos los días: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34). Esto se repite todos los días, cuando no comprendemos el camino que Jesús nos va marcando día a día. Es un misterio que brota de un corazón humano-divino, del cual vislumbramos algunas cosas y de manera confusa (cf. 1 Cor 13, 12).

 

III. III. Corazón divino - humano de Jesús

 

El Papa Francisco, en su carta encíclica Dilexit nos, al hablar del corazón divino de Jesús, dice:

Tampoco nos quedamos sólo en sus sentimientos humanos, por más bellos y conmovedores que sean, porque contemplando el Corazón de Cristo reconocemos cómo en sus sentimientos nobles y sanos, en su ternura, en el temblor de su cariño humano, se manifiesta toda la verdad de su amor divino e infinito. Así lo expresaba Benedicto XVI: «Desde el horizonte infinito de su amor, Dios quiso entrar en los límites de la historia y de la condición humana, tomó un cuerpo y un corazón, de modo que pudiéramos contemplar y encontrar lo infinito en lo finito, el Misterio invisible e inefable en el Corazón humano de Jesús, el Nazareno».[12]

Jesús se compadeció (Mt 20,34), se conmovió (Mt 9,36), lloró (Jn 11, 35), sintió tristeza (Mt 26, 38). Podemos afirmar también, que al ser humano, fue un corazón que sintió los mismos sentimientos que cada uno de nosotros, por más que no estén relatados en los evangelios.

Es interesante lo que dice Francisco ya que a través de estos sentimientos, deja entrever el corazón humano-divino. Es decir, no es que estos sentimientos humanos son un eclipse al misterio de su corazón divino, sino que son la puerta al corazón divino. Es lo mismo que afirma Benedicto, citado por el mismo Francisco, que desde lo finito, vislumbramos lo infinito. Desde el infinito, Dios nos muestra a través de lo finito el misterio de su corazón infinito.

Luego, en otro punto, continúa Francisco:

Por eso, entrando en el Corazón de Cristo, nos sentimos amados por un corazón humano, lleno de afectos y sentimientos como los nuestros. Su voluntad humana quiere libremente amarnos y ese querer espiritual está plenamente iluminado por la gracia y la caridad. Llegando a lo más íntimo de ese Corazón nos inunda la gloria inconmensurable de su amor infinito como Hijo eterno que ya no podemos separar de su amor humano. Precisamente en su amor humano, y no apartándonos de él, encontramos su amor divino; encontramos «lo infinito en lo finito».[13]

Entonces cabe la unión divino-humana del corazón de Jesús. Dios no tiene corazón físico, pero sí tiene corazón. En Jesús, vemos que sí tiene corazón físico, material y también divino. No por ser divino deja de ser humano y no por ser humano deja de ser divino. Es una paradoja divina con sístoles y diástoles, que nos enseña que, a través de sus llagas humanas, llegamos al Amor de Dios.

Quiso Dios, encarnarse para poder llegar a sentir con nuestros sentimientos (cf. Lc 2,52), para comprender mejor nuestro corazón, para poder salvar nuestro corazón, con sus razones y su lógica que el misterio del corazón humano contiene.

 

IV El corazón humano (nociones) llamado a la santidad

 

El Papa Francisco, hace una muy breve síntesis sobre algunas nociones del corazón, que retomo para comprender mejor el corazón humano:

En el griego clásico profano el término kardia significa lo más interior de seres humanos, animales y plantas. En Homero indica no sólo el centro corporal, sino también el centro anímico y espiritual del ser humano. En la Ilíada, el pensar y el sentir son del corazón y están muy próximos entre sí. Allí el corazón aparece como centro del querer y como lugar en que se fraguan las decisiones importantes de la persona. En Platón el corazón adquiere una función en cierto modo “sintetizadora” de lo racional y lo tendencial de cada uno, pues tanto el mandato de las facultades superiores como las pasiones se transmiten a través de las venas que confluyen en el corazón. Así advertimos desde la antigüedad la importancia de considerar al ser humano no como una suma de distintas capacidades sino como un mundo anímico corpóreo con un centro unificador que otorga a todo lo que vive la persona el trasfondo de un sentido y una orientación[14].

Centro de la persona, acción sintetizadora del hombre, centro anímico del hombre… En las diversas nociones del corazón humano citadas por Francisco, coinciden en que el corazón humano es el centro de la persona. Es el núcleo personal, en donde se experimentan los mejores y peores pasares de la vida de cada ser humano. Es el núcleo personal, en donde habla Dios directamente al hombre.

Dios desde el comienzo de la historia de la humanidad, ama al hombre y lo llama a estar con él. Fue conveniente que se encarne para conocer nuestro interior corrompido por el mundo (en el sentido negativo) y ayudarnos a seguir el camino de su Hijo. Enseñarnos que el camino es Jesús y que el mundo no es algo negativo, sino que a través de el y en el mismo, podemos ser santos y llegar al corazón de Dios eternamente.

Cristo, entonces, compartió nuestro corazón humano, lo asumió para redimirnos. Kasper, dice:

[...] Porque al nuevo testamento no le interesan ni la desnuda realidad de la vida de Jesús ni los detalles concretos de sus situaciones, sino el significado salvífico de este verdadero ser hombre. Todo el interés se centra en decir que en él y por él Dios habló y actuó de una manera escatológico-definitiva y, por lo mismo, históricamente insuperable, y hasta que Dios estaba en él para reconciliar el mundo consigo (2 Cor 5, 18). Por eso también la salvación escatológica de cada hombre se decide en este hombre concreto Jesús de Nazaret.[15]

La salvación nos viene de Dios, por medio de Jesucristo. Cabe resaltar una y mil veces esto, para evitar desvíos conceptuales e ideológicos. La salvación viene de Dios hecho carne. Como dice la constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II: [...] el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado[16]. La santidad a la cual estamos llamados, es una santidad encarnada, con nuestro corazón herido y pecador, viene de un Dios hecho carne, que nos dejó su ejemplo a seguir para que, humano como nosotros, nos humanicemos cada vez más en Cristo. Es algo personal y bien concreto este camino a seguir. Jesús llama al corazón de cada ser humano a ser santo; a la felicidad; a estar con él eternamente.

 

V “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”

En el Evangelio de Juan, llegada la hora de Jesús, en el contexto de la última cena, Jesús dijo a sus discípulos:

Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 34-35).

Jesús, con su ejemplo en nuestra tierra, nos deja la clave: el amor. Sin embargo, esto parece tan abstracto y ordinario, que bien podría estar en un sticker moderno con colores y letras minimalistas llamativas. Sin embargo, a pesar de que esté de moda “amar” todo, no se ama nada o, al menos, no se entiende el concepto profundo de amar. El amor que Jesús nos enseñó y nos dejó, es un amor oblativo, el cual se da hasta la muerte, padeciendo los males, optando por el bien, la verdad y que brote la belleza, es decir, ese mal padecido en Jesús es bello. Esa es la belleza, ese es Él Amor. De ahí que Jesús nos dice: “ámense como yo los amé”, es un decir, parafraseando: “ámense hasta la muerte, dando todo por el otro, por amor”.

 

V. I. Vínculos humanos (sociedad líquida y aislada)

El “darlo todo por amor” hoy, no está de moda. No es algo que lleve a la práctica. No es la cultura de amarse hasta el extremo, de perseverar en las dificultades, de animarse a amar en lo arduo. Hoy si algo cuesta, enseguida nos deshacemos de ello. Si algo se complica en un vínculo, enseguida lo “bloqueamos”, lo “freezamos”, lo dejamos de lado. Es más fácil. Es la sociedad líquida que se mueve según donde sople el viento; según lo que “voy sintiendo” o “vibrando”. Si siento que me hace bien, lo hago y si me implica un esfuerzo mayor al sentimiento de placer que me puede brindar esa acción, no lo hago. Esto, claramente, no viene de un discernimiento ignaciano en donde se pone en la balanza y se discierne la voluntad de Dios, sino que, al contrario, es depende los impulsos que voy teniendo.

En la carta encíclica, el Papa Francisco dice:

En este mundo líquido es necesario hablar nuevamente del corazón, apuntar hacia allí donde cada persona, de toda clase y condición, hace su síntesis; allí donde los seres concretos tienen la fuente y la raíz de todas sus demás potencias, convicciones, pasiones, elecciones. Pero nos movemos en sociedades de consumidores seriales que viven al día y dominados por los ritmos y ruidos de la tecnología, sin mucha paciencia para hacer los procesos que la interioridad requiere. En la sociedad actual el ser humano «corre el riesgo de perder su centro, el centro de sí mismo». «El hombre contemporáneo se encuentra a menudo trastornado, dividido, casi privado de un principio interior que genere unidad y armonía en su ser y en su obrar. Modelos de comportamiento bastante difundidos, por desgracia, exasperan su dimensión racional-tecnológica o, al contrario, su dimensión instintiva». Falta corazón.[17]

Francisco advierte sobre el mundo actual como un mundo líquido y coincide en que estamos aturdidos por la tecnología, los placeres, la comodidad. Esto nos fragmenta, divide y nos aleja de Dios y de los otros.

Una nota en el diario Clarín, dice:

El Informe Global Digital 2024 Global, publicado en colaboración por Meltwater y We Are Social analizó los hábitos digitales en el mundo. Ahora veremos los números de los países de América Latina, revelando datos sorprendentes sobre el tiempo que las personas dedican a sus teléfonos móviles.

En el caso de Argentina, los resultados evidencian un promedio significativo en el tiempo frente a la pantalla del celular, posicionando al país dentro de un rango intermedio en la región. ¡Los argentinos dedican en promedio 6 horas al día al uso de sus teléfonos móviles![18]

Lo traigo a colación porque es un testimonio de cómo vivimos hoy. Esas seis horas que pasamos frente a la pantalla del celular, nos aíslan cada vez más del otro; del momento presente. Vivimos una vida de cuerpo presente, pero mente, corazón y espíritus anestesiados y disociados de la realidad. Poco a poco nos desencarnamos para vivir en la pantalla. Esto cada vez toma más fuerza en nuestra cultura y nos aisla. Los vínculos son virtuales y muchas veces no trascienden las pantallas. Con esto no quiero decir que no sea positivo vincularse de manera virtual, sin embargo, requiere mucha disciplina y orden mental para poder manejar las pantallas y que éstas no nos manejen a nosotros. Es difícil, porque somos de condición frágil y las aplicaciones están hechas para generar adicción y dependencia.

 

V. II. ¿Cómo nos relacionamos hoy entre nosotros?

Hoy algunos luchan contra esta adicción, optando por vínculos libres de pantallas o bien, reduciéndolas. Sin embargo, en muchas ocasiones, prima la virtualidad, vinculándonos mediante juegos online o bien, por medio de redes sociales solamente y, al momento de vincularse personalmente, nos cuesta más. La pantalla genera seguridad en muchos casos o bien, podría decirse que nos desinhibe. Sin embargo, sabemos por experiencia forzada en la pandemia del covid-19, que los encuentros personales son irremplazables. Un contacto humano-humano, simplemente para conversar y pasar el tiempo, es mil veces más fructífero que una videollamada o juntarse a jugar online. Porque el contacto con otro humano, nos invita a salir de nosotros mismos, a movernos, a preparar el encuentro, de manera interior o exterior. Aburrirse con otro también tiene eso de real que no tiene la pantalla o el encuentro virtual.

Hoy nuestros vínculos humanos han perdido mucho de lo que nuestros abuelos han vivido. Encuentros sencillos que enriquecían la vida. No eran perfectos esos vínculos, pero soportaban de otra manera. Hoy, si una persona lastima a otra, enseguida la “dejamos de seguir”, la “bloqueamos” o aplicamos la ley del hielo, que es ignorar al otro por completo: una indiferencia que mata. El Papa Francisco dice que nos falta corazón, estas cosas van quitándonos el corazón y haciéndonos más fríos y aislados.

Hoy las heridas no nos dejan ver bien al otro. Hoy nos vinculamos desde las heridas y no desde el perdón y esto genera mas división. El perdón pasó de moda. Hasta parece que vamos incivilizándonos, ya que estamos nuevamente parados en la ley del talión[19]. En vez de recordar las palabras de Jesús, de perdonar hasta setenta veces siete (Mt 18, 22). Hemos perdido el espíritu de convivencia, de tolerancia, de perdón. Hemos perdido en nuestros vínculos, el ver más allá de la herida, siguiendo los pasos de Jesús.[20]

 

V. III. Persona Espiritualizada

Kasper dice:

Para la Escritura, el espíritu no es una fuerza natural impersonalmente vital, no es embriaguez dionisíaca frente a la claridad apolínea (F. Nietzsche). Según la Biblia, el hombre no se pertenece a sí mismo, porque pertenece a Dios y a él se debe totalmente. [...] El espíritu es el poder vital de Dios, su presencia viva y vivificante en el mundo y la historia; el espíritu es el poder de Dios respecto de la creación y la historia.

El espíritu de Dios actúa fundamentalmente dondequiera que hay y surge vida. [...] Pero el espíritu de Dios actúa no solo en la naturaleza, sino igualmente en la cultura, la agricultura, la arquitectura, la administración de la justicia y la política, toda sabiduría humana es don de Dios. El cae sobre hombres determinados, haciéndolos instrumentos de los planes de Dios. El espíritu es, por hablar de alguna manera, la esfera en la que se mueven esos hombres poseídos por él.[21]

Al hablar de persona espiritualizada, me refiero a una persona que sigue el Espíritu de Dios. Que sigue su voluntad, su consejo, al modo de Jesucristo. La persona espiritualizada es la persona que se deja guiar por Dios en todo lo que haga, haga lo que haga. Me gusta que Kasper dice que Dios actúa en la agricultura, en la política, en la arquitectura… Es decir, abre el juego a lugares en donde se puede vivir tranquilamente sin Dios, pero, si se vive unidos a la voluntad de Dios, podemos decir que se vive una agricultura espiritualizada, una política espiritualizada, una arquitectura espiritualizada. Esto no quiere decir que se abstraen de la realidad, al contrario, es el espíritu que toma posesión de lo material, y lo eleva para ofrecerlo a Dios, en su nombre y, de esta manera, el reino de Dios es sembrado, de manera concreta.

 

V. III. I. La persona espiritualizada vive:

La persona espiritualizada, vive las obras de misericordia y una vida de oración por los demás. Son dos ejes de los cuales no se puede salir, porque sin alguno de ellos, se traduce en activismo o bien, en espiritualismo. Cada pata es importante para poder vivir la vida de una persona espiritualizada, que entiende que las acciones brotan de una vida interior cultivada, configurándose con Cristo. Es una espiritualidad kenótica desde abajo[22]. Es el ser del cristiano: desde la vida interior, vivir unidos a Dios y a los hermanos.

 

V. III. II. Las obras de misericordia

Vivir en Dios, ser una persona espiritualizada, conlleva indefectiblemente, amar al otro, salir de uno para encontrarse con el otro. Hacerlo no desde un pedestal, sino, sabiendo que Dios, al encarnarse, se abajó por mí y que yo estoy llamado a hacer lo mismo con el prójimo. Si Dios actuó por mí de tal manera, ¿cómo no voy a hacerlo también por el hermano enfermo, sólo, triste, pobre, sin los mismos recursos que yo?

Una tentación puede llegar a ser el quedarse quieto y quejarse ante Dios por esas realidades que no comprendemos de la sociedad. Sin embargo, si vivimos realmente en Cristo y comprendemos que Jesús nos invita a abajarnos siempre como él lo hizo con nosotros, nos ponemos enseguida en movimiento. Vivir espiritualizados no es vivir en una nube, mirando desde arriba. Es todo lo contrario. Una vida espiritualizada es comprometerse en espíritu y en verdad con el hermano que tengo al lado, sea la vivencia que tenga. Vivir dándome en acción, con mi tiempo, mi sabiduría y mi ser por completo. Es detenerse como el buen samaritano (cf. Lc 10, 25-37), ante el que sufre, por Amor.

El que vive una vida espiritualizada, vive en salida de sí mismo, vive hacia los demás. Porque sabe que recibió gratuitamente y que esto es el fundamento para dar gratuitamente (cf. Mt 10, 7-13). El amor a los hermanos, en Cristo, es entonces, el camino encarnado de nuestra divinización.

 

V. III. III. Oración por los demás

Asimismo, hay un aspecto fundamental, que es la oración. En ella entramos en diálogo directo y personal con Dios del cual brota toda acción que podamos realizar en nuestra vida. Si actuamos por el mero hecho de actuar, se convierte en activismo y poco tiene de Amor a Cristo y al camino marcado por él. Esto destruye a la persona y también la termina aislando, porque es un riesgo hacer por hacer, con el fin de verme en acción. Es una acción vacía, carente de Dios.

La persona espiritualizada, al modo de Jesús, reza como lo hacía el mismo Jesús, que pasaba noches en oración (cf. Lc 6, 12), en diálogo con el padre. Esto no lo convertía en un espiritualista, sino que esa oración era la fuente y culmen de su vida entre nosotros. El diálogo con el Padre era la fuente y culmen de todo su accionar: las miradas a los demás, las curaciones, el estar con nosotros. Brota de, en oración, ir descubriendo cuál era la misión y voluntad del Padre. Solo de esa manera podía cumplirla.

Nosotros estamos llamados a hacer lo mismo. Podemos hacer cualquier tipo de actividad, pero si no lo hacemos desde la oración, no tiene sentido, es una acción vacía que destruye al hombre, porque lo enfoca en el hacer y no en el fundamento y el “para qué” acciona.

El camino de la persona espiritualizada es un camino de oración, que va transfigurando y configurando a la misma con Cristo. Con el espíritu de Dios, podemos ser trabajadores y sembradores del Reino que Jesús vino a instaurar entre nosotros. Pero el camino es la oración. Solo así podemos llegar a nuestra divinización.

VI Conclusión

En síntesis, este camino que recorrimos, fue para poder profundizar en esta tensión que hemos vivido a lo largo de la historia de la Iglesia, en donde oración y acción han sido polos opuestos y, en caso contrario, cuando personas viven esto de manera integrada, no polarizada, la obra de Dios actúa con mayor fuerza.

Cuando, hemos dejado de lado la oración, caímos en un activismo vacío, lleno de obras pero vacío de corazón, de sentido. Y, en caso contrario, cuando hemos dejado de lado las acciones, priorizando la oración, hemos caído en un espiritualismo desencarnado, que nada tiene que ver con la misión de la Iglesia. Es importante, entonces, cuidar ambos polos, integrándolos, al modo de Jesús.

Si somos cristianos es porque seguimos a Cristo, y él tenía integradas ambas dimensiones en su Persona. Por eso el camino que nos dejó al pasar por nuestra Tierra, es el camino para nuestra divinización. Oración, acción, humildad, misericordia… En definitiva, el Amor por el prójimo. Esa es la clave para poder comprender a Jesús en su totalidad. Ciertamente no es un camino sencillo, ni mucho menos. Es un camino Pascual, que nos deja expuestos ante nuestros propios límites culturales y personales. Hoy, por lo menos, sabemos cuál es el camino, tenemos un punto de partida y de llegada.

La divinidad se hizo carne para mostrarnos que desde la carne se puede llegar a la felicidad; a ser santos; a estar con Dios eternamente. Dios nos amó y nos perdonó primero, ¿Cómo, entonces, nosotros no vamos a hacer lo mismo?

 

 

 

 

 

 

VII Bibliografía

 

-          Biblia de Jerusalén, Editorial Desclée De Brouwer, S.A., 1998.

-          Una espiritualidad desde abajo: el diálogo con Dios desde el fondo de la persona. Anselm Grün y Meinrad Dufner, 1ra edición, 7ma reimpresión. Buenos Aires: Ágape Libros, 2015.

-          Deus caritas est, Benedicto XVI.

-          San Agustín, Confesiones. -9na edición- Buenos Aires: Bonum, 2013.

-          Walter Kasper: Jesús, el Cristo, quinta edición, Ediciones Sígueme-Salamanca, 1984.

-          Alberto Espezel, Jesucristo y su misión, 1ra edición, Ágape Libros, 2022.

-          Dilexit nos: carta encíclica del santo padre Francisco sobre el amor humano y divino del Corazón de Jesucristo. Papa Francisco. Versión online.



[1] Una espiritualidad desde abajo: el diálogo con Dios desde el fondo de la persona. Anselm Grün y Meinrad Dufner, 1ra edición, 7ma reimpresión. Buenos Aires: Ágape Libros, 2015. Páginas 11-12.

[2] Deus caritas est, 1, Benedicto XVI, versión online.

[3] Fuente: ChatGPT.

[4] San Agustín, Confesiones. -9na edición- Buenos Aires: Bonum, 2013. libro I, I, página 13.

[5] Ibid.

[6] Lc 1, 26-38

[7] Walter Kasper: Jesús, el Cristo, quinta edición, Ediciones Sigueme-Salamanca, 1984. Página 27.

[8] Alberto Espezel, Jesucristo y su misión, 1ra edición, Ágape Libros, 2022. Página 146.

[9] ibid. Pág. 149.

[10] Ibid. Pág. 154.

[11] Cf. Ibid. Pág. 170.

[12]Dilexit nos: carta encíclica del santo padre Francisco sobre el amor humano y divino del Corazón de Jesucristo. Papa Francisco. Versión online. Número 64.

[13] Ibid. Número 67.

[14] Ibid. Número 3.

[15] Walter Kasper: Jesús, el Cristo, quinta edición, Ediciones Sígueme-Salamanca, 1984. Página 241.

[16] Concilio Ecuménico Vaticano II (1965). Constitución pastoral, Gaudium et spes, Sobre la iglesia en el mundo actual, 22.

[17] Dilexit nos: carta encíclica del santo padre Francisco sobre el amor humano y divino del Corazón de Jesucristo. Papa Francisco. Versión online. Número 9.

[18] https://www.clarin.com/informacion-general/ranking-digital-cuantas-horas-pasan-argentinos-frente-celular-afecta-vidas_0_22ivDxMUbW.html

[19] Ojo por ojo, diente por diente.

[20] Aclaro que es una generalización y que, en muchísimos casos, se apuesta a seguir vinculando de manera contraria.

[21] Walter Kasper: Jesús, el Cristo, quinta edición, Ediciones Sígueme-Salamanca, 1984. Páginas 316-317.

[22] Es un juego de palabras que quiere traducir que la vida del cristiano, es una vida de abajamiento al modo de Cristo, teniendo en cuenta que ese abajamiento personal parte desde la carne misma, desde la vida personal de cada uno.

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