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Es propio del que ama...

 


 

Y es propio del que ama

el callarse y mirar,

son miradas silenciosas que aman,

ya no es necesario hablar.

 

Tus ojos dejan ver el corazón,

como ventana puedo ver lo que hay en vos.

Y así el silencio, amigo, no nos aburrirá,

y en tus ojos leeré la verdad.

 

Y es propio del que ama el callarse y mirar,

son miradas silenciosas que aman,

ya no es necesario hablar.

 

Mi vida yo daré junto con mi amor.

Lo hizo Jesús por mí, yo lo haré por vos.

Como el grano de trigo para crecer

tendremos que morir para nacer.

 

Y es propio del que ama el callarse y mirar,

son miradas silenciosas que aman,

ya no es necesario hablar.

 

https://open.spotify.com/track/2aFj36SNLP8fvK6AuJ7lMW?si=3270dffe3cd240e9 (interpretada por el Coro Jeremías de la Parroquia San Nicolás de Bari, Arquidiócesis de Buenos Aires)

 

Cada vez que escucho esta canción, no puedo no estar cantándola todo el día o lo que quede de él. Tantas frases que resuenan, tanta sabiduría en una letra, tanto para seguir rumeando al ritmo del intérprete que sea. Yo la conocí por este gran coro que está en la parroquia en donde estoy actualmente.

 

“Y es propio del que ama el callarse y mirar, son miradas silenciosas que aman, ya no es necesario hablar”.

Y es verdad eh. Cuanta verdad. El dicho “una imagen vale más que mil palabras”, podría tranquilamente parafrasearse y decir: “una mirada vale más que mil palabras”. Cuantas veces encontramos en esos ojos de nuestro hermano algo que nos quiere decir, algo que nos revela, pero que no se anima a expresar, ya sea con razones lógicas o sin razones, quizás por miedos… Los ojos son esas ventanas, que reflejan y transmiten directamente lo que nuestro corazón tiene en ese momento más fuertemente bombeando.

¿Cuándo no te pasó que quizás estabas con un problema o con algo que querías compartir y no podías porque la otra persona a la cual le intentabas contarle el problema te inundaba de palabras? ¿No te pasó? A mí sí me pasó.


Es lógico que los tiempos del otro no sean los tuyos, es normal que así pase. Sea quien sea la otra persona, tiene su vida con sus cuestiones, no podemos pretender que nos entiendan de movida, que nos digan la palabra exacta o encontrar el consuelo perfecto en ellos. No es así. Quizás cuesta aceptarlo, pero es la realidad.

Sin embargo, aparecen las miradas. Esas miradas silenciosas que aman, que al cruzarse ya no necesitan mediar más palabras, no necesitan nada, sólo mirarse. Cuesta mirarse entre hermanos, porque mirarse a uno mismo es fácil y lo hacemos por inercia, pero mirar al otro a los ojos, ¿Cuándo lo hacemos?

 

Y es ese encuentro el que sana, el que ama, el que bendice… el que se agradece. Por ejemplo, ante la situación de muerte de un ser querido, ¿no es lógico buscar a alguien para cruzar las miradas y dejarse apapachar con tus ojos llorosos? ¿no es lógico también que la otra persona no sepa qué decir o qué hacer? Por supuesto, porque en momentos así o en otros momentos de bajón, las palabras no alcanzan, pero no porque no se haya inventado la palabra adecuada, sino porque no importan las palabras, no son necesarias en esos momentos. Una mirada, un abrazo, un simple estar es más sanador que cualquier palabra humana, teoría o libro que pueda existir.

 

“Mi vida yo daré junto con mi amor. Lo hizo Jesús por mí, yo lo haré por vos. Como el grano de trigo para crecer...  tendremos que morir para nacer”

 

Seguro tuviste esos momentos en que te enojaste y lastimaste a esas personas que querías mucho, seguro alguien que querías mucho te hizo lo mismo. Y en ese momento, ¿cuál fue tu reacción? ¿cómo actuaste? No es mi intención hacer un examen de conciencia, pero sí el ver por donde estamos caminando al recibir una ofensa. ¿Callamos y amamos mirando o usamos palabras desubicadas de las cuales luego nos arrepentimos? ¿Somos de esos que callan y aman o somos de esos que hablan y no aman?

Para callar hay que dejar de hablar y esto te permite mirar con otra atención, con todos los sentidos abiertos a lo de afuera. Es priorizar al otro, es un ceder mi prioridad, ponerme en segundo lugar y que el otro ocupe ese lugar que vivo ocupando. Es este Amor que nos mata para darle vida al hermano: mata nuestro yo y abre paso al prójimo.

 

“Mi vida yo daré junto con mi amor. Lo hizo Jesús por mí, yo lo haré por vos.”

 

Por último, no existe otro camino que nos lleve al Amor de los amores. No hay otra mirada que mire como la de Él. No existe otra manera, no la hay. La forma de Amar es la que aprendimos de Jesús, que es dándose. Partiéndose, regalándose, cediéndose. En todo esto se involucra al otro, no lo dejes afuera.

Partite, regalate, cedéte al otro pero ojo, POR AMOR, porque sino no tiene sentido ya que solo el Amor le da sentido a nuestras acciones; sólo Él Amor le da sentido a nuestras vidas.

 

Ahora bien, hay un paso que quiero proponerte: cuando te cruces a alguien, miralo a los ojos, pero que esa mirada no sea una mirada pasajera ni tampoco una mirada que juzgue, sino una mirada de apertura. Te podés llegar a asombrar mucho y hasta emocionar de lo que los ojos de alguien pueden llegar a transmitir.


Es propio del que ama el callarse y mirar. Entonces, cállate y mirá, que el que viene ahí a hablarte tiene a Cristo en su interior que quiere regalarte su mirada: esa mirada silenciosa que ama. No es necesario hablar, sólo mirá, abrí tu corazón y permanecé en ese instante. Sólo eso. 

Un estar vale más que mil palabras.

 

JR

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