«En aquel tiempo, entró Jesús en un pueblo, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. En cambio, Marta estaba atareada con todo el servicio de la casa; hasta que se paró y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me ayude». Pero el Señor le contestó: «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no se la quitarán».
Te propongo dejarte llevar por tu imaginación. Dejá que el Espíritu Santo actúe en tu mente y en tu corazón para poder contemplar este pasaje del evangelio que acabamos de leer.
Dejate llevar…
Era un día caluroso, pleno medio día, con el sol arriba de las cabezas de los discípulos y del mismo Jesús…
Primero que nada, recordá que antes de esta escena, Jesús estuvo por mucho tiempo en medio de una gran multitud que lo escuchaba enseñar con palabras que les iban llegando directo al corazón.
Jesús era Dios, pero también era hombre y hablar tanto y caminar tanto lo cansaban. En ese momento, antes de encontrarse con Marta y María, Jesús estaba cansado, con sed, con hambre, con ganas de reposar un rato. Quizás almorzar y tirarse un ratito a dormir la siesta, intentando reponer fuerzas…
En medio de esta situación de agobio los discípulos junto a Jesús, se van acercando a la entrada de aquel pueblito en donde encontrarán a sus hospedadores.
De lejos, Marta observaba con atención los pasos de ese maestro que llamaba tanto la atención. Había escuchado tanto, pero tanto hablar de él, que ahora al tenerlo tan cerca no lo podía creer. Dios le había regalado ese momento para conocerlo y ella estaba toda desarreglada, con la comida en el fuego, preocupada de que no se le queme, mientras, a su vez, aprovechaba para barrer la tierra que se metía en la casa por demás. Con la cabeza a mil y con la escoba en la mano, Marta contemplaba a Jesús desde la puerta de su casa.
Jesús, que mira más allá de unos pelos despeinados, del sudor en la frente y una escoba en la mano, se detiene con una mirada amorosa directamente en los ojos de esta marta enredada en tantas cosas “por hacer”.
Jesús clava sus ojos en Marta. Al mirarla, Marta queda dura, como en shock. Jesús con una mirada pura, con una sonrisa tierna y cansada le dice: “Marta, ¿puedo pasar a comer a tu casa?”.
Marta, no encuentra palabra ni expresión que su cuerpo pueda realizar como respuesta ante estas simples palabras salidas de ese maestro que le dirigía la palabra. No pudo hacer otra cosa que asentir con su cabeza y con la misma mano que sostenía la escoba le hizo un gesto para que pase a su casa. No caía que ese del cual se decía que era el mesías, estaba en su propia casa. Por fin pudo esbozar unas palabras: “esperá acá maestro, por favor, ya viene mi hermana”. No había finalizado de decir estas palabras que María se acercaba alabando a Dios rebozante de alegría, con lágrimas en los ojos, emocionada de lo que sus ojos estaban contemplando. Jesús, estaba en su casa.
Con la mirada perdida en su Señor y maestro, María lo escuchaba atentamente. Lo miraba y lo escuchaba.
Cada tanto la conversación se interrumpía por algún ruido de olla fuerte que arremetía el clima. Ni hablar de ese aroma a comida cocinándose que se filtraba como un excelente iniciador del apetito de Jesús y María.
Lo que parecía un paisaje apetitoso y digno de ser alabado, Marta lo vivía como una carga.
Estaba sola y nerviosa preparando todo. Ni su hermana ni su hermano Lázaro estaban ahí para ayudarla en las tareas previas y en el agasajo hacia tan gran invitado. Todo estaba sobre sus hombros: si la comida se quemaba, era su culpa, si los sabores no eran los adecuados, era su culpa, si todo quedaba sucio, era su culpa, si algo se rompía era su culpa, además, ¡qué iba a decir el maestro cuando vaya a las otras casas! No se podía permitir que el maestro se vaya con una mala experiencia de su casa, habiendo probado su comida. Marta estaba ensimismada, bajo su propia presión y tensión interior.
Mientras tanto, Marta escuchaba las risas de su hermana y la voz de fondo de Jesús, sin poder dilucidar bien lo que decía. Sin embargo, comprendía que su hermana estaba sin ninguna presión, disfrutando del momento. Todo lo contrario a lo que le pasaba a ella.
Desbordada y enojada, secándose con un repasador las manos, interrumpe la conversación entre su hermana y Jesús, diciéndole: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me ayude». Jesús, con esa indeleble sonrisa tierna, la miró con Amor y le dijo mientras suspiraba: «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada».
Marta con sus cachetes sonrojados (en parte por lo que se dió cuenta que había dicho y en parte por el calor que su trabajo le provocaba), se retiró…
JR.

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