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#ModoZaqueo.


Te comparto un comentario sobre el evangelio de este domingo que compartí en la comunidad del seminario, en ocasión de aprender a  hacer una celebración de la Palabra (acorde al ministerio de Lector, recibido)...

En este comentario, voy a continuar con la línea del Padre Julio en la homilía del martes, en la cual hizo un elogio de la rutina, destacando la alegría y el privilegio de poder hacer lo que hacemos todos los días y que, si bien es lo mismo que los días anteriores, son oportunidades para dar gracias a Dios. 

En esta misma sintonía, quisiera que podamos dar gracias a Dios juntos en esta tarde. 

Somos unos privilegiados, verdaderamente, de estar en el seminario, caminando todos tras los pasos de Jesús, cada cual, con su camino, levantándonos todos los días en busca de su mirada; de su abrazo; de su encuentro.

Nos disponemos, todos los días, cada uno a su manera, a estar con él. En la misa diaria, en el desayuno, en la facultad, en el almuerzo, en el descanso, en el oficio, en el estudio de la tarde, en la oración de la tarde, en algún que otro mate que compartimos con algún compañero o en algún rosario rezado juntos… 

¿Cómo vemos o experimentamos el Amor de Dios todos los días?

Tú amas todo lo que existe… Señor que amas la vida…” dice la primera lectura y, ¿eso no es el Amor de Dios en la rutina? Es decir… ¿Poder tener y hacer todas estas cosas todos los días no es Amor de Dios? ¿No somos, acaso, privilegiados de su misericordia? ¿No estamos llamados nosotros a amar todo lo que existe… a amar la vida que Dios nos dio incluyendo nuestro día a día?

Zaqueo, como ya sabemos, era un pecador re conocido. Si Jesús tenía fama de Santo profeta, este otro tenía fama de manso pecador. Era el pecador de los pecadores. Sin embargo, algo en él despertó la curiosidad de conocer a Jesús, de chusmear un poco quién era y, entonces, hizo todo lo que pudo para cumplir su objetivo; entonces, se dispuso a verlo. Tuvo esa actitud interior de querer encontrarse con ese famoso profeta que obraba milagros. Actitud interior que la manifestó exteriormente, subiendo a un árbol para poder ver mejor. Quería ver a Jesús. Estaba dispuesto. Todos tenemos experiencia de habernos dispuesto a la gracia y de haberla recibido. 

Con Zaqueo pasó lo mismo. Jesús lo ve dispuesto (subido a ese sicómoro) y su corazón seguramente explotó de alegría, tanto que lo llevó a decirle que se baje de ahí para poder alojarse en su casa, para poder adentrarse más. Ya no hace falta el Sicómoro para encontrarse con Jesús, ya cumplió su objetivo. Ahora Zaqueo creció y pudo dar un paso más. 

Jesús lo encuentra y le cambia los planes, dejándole en claro que, para adentrarse y cambiar su vida, tiene que soltar ese árbol que lo llevó a ese encuentro y es ahí, cuando se llena de alegría y se produce este cambio en la vida de Zaqueo. El resto murmuraba, sí, pero los de afuera son de palo. No hay lugar para las murmuraciones en los planes de Jesús, ya que Él realiza su obra a pesar de las murmuraciones y no deja que éstas cambien nada. 

Es un milagro el cambio rotundo de vida en Zaqueo, pero… ¿qué tiene que ver con lo de la rutina de Julio y con lo que hacemos todos los días? Tiene que ver…

Nosotros todos los días estamos de cara a Jesús, en todo momento. El tema es cómo lo encaramos… si nos quedamos en las murmuraciones o si buscamos a Jesús disponiéndonos interiormente para su encuentro hasta en lo más mínimo.

La rutina misma nos puede enseñar a bendecir al Señor o a odiarlo… la actitud propia, que es una decisión propia, habla por sí sola. 

Hagamos de nuestra rutina, una rutina divina que implica reconocer que Dios nos creó y nos continúa creando con su rutina que es sostenemos y lo hace con Amor infinito en cada una de nuestras rutinas. Instante a instante somos llamados a imitar su modo de actuar y nos invita a transformar nuestra rutina en una rutina divina. 


¿Nos disponemos al encuentro de Jesús? 

¿Elegimos buscarlo? 

¿Queremos verdaderamente dar nuestra vida para bendecir a pesar de las murmuraciones? 

¿Elegimos murmurar o elegimos el encuentro con Jesús en nuestra mísera casa? 

¿Le damos lugar a su mirada que nos cambia, o por miedo a que nos cambie le corremos la mirada?

Todos los días, en cada cosa que hacemos tenemos la oportunidad de bendecir y agradecer a Jesús cada instante, por todos los instantes que vamos transitando a lo largo del día. 

Agradecer porque Jesús nos cambió la vida.

Agradecer porque nos llamó a estar con Él.

Agradecer porque nos perdonó y nos perdona siempre. 

Agradecer porque quiere quedarse en nuestra casa y hacer un milagro en nosotros.


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