¿Qué tengo que hacer Jesús?
Para que estuvieran con Él…
¿Por dónde es el camino?
Para que estuvieran con Él…
¡Tirame un centro!
Para que estuvieran con Él…
¿Y si le pifio?
Para que estuvieran con Él…
¿Por qué me pasa esto a mí?
Para que estuvieran con Él…
¡Mirá aquél lo que hace! ¿Por qué
lo hace? ¡Hay que castigarlo!
Para que estuvieran con Él…
¡Estoy dando mi vida por vos, y
vos te callás!
Para que estuvieran con Él…
Quiero creerte, pero se me hace difícil.
Para que estuvieran con Él…
¡Cuántas… pero cuántas veces estoy/estamos en estas situaciones, Señor! La verdad que hay muchas, pero muchas cosas para reclamarte. Cosas que hacemos mal, cosas que no podemos explicar. Impotencias que nos brotan de lo más profundo por no poder comprender muchas situaciones de la vida que nos toca transitar. ¿Cómo no voy a recriminarte las cosas, si soy humano y no puedo dejar de lado mi lado más impulsivo ante las injusticias inexplicables…
Sin embargo, sos tan claro, Señor
y tan incomprensible cuando decís simplemente, por puño y letra de Marcos: «llamó
a su lado a los que quiso. Ellos fueron hacia él, y Jesús
instituyó a doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a
predicar con el poder de expulsar a los demonios». (Mc 3, 13-19).
En tiempo de discernimiento,
previo a ingresar al seminario, recuerdo que le compartía al Padre Ezequiel
Castañer (Padre Zeta), que me acompañaba, mi impotencia por no entender el
sentirme llamado, así con todos los pecados que tenía y con todo lo mal que estaba
yo para ser sacerdote. Su respuesta fue tan simple como molesta, ya que me
contestó: “porque te quiere, Joni”. Me cagó (hablando en criollo). No supe
que responder. No supe que responder al Amor de Jesús. No supe qué hacer,
porque entendía, que, si bien quería hacer algo para remediar lo pecador que
era, no podía hacer nada para remediarlo y me dejaba en jaque ya que: sentía el
Amor de Dios que me llamaba con todo lo que yo era, no me pedía nada más que
estar con él y sin hacer nada yo estaba bien para él. Así como estaba me quería,
me llamaba, me amaba y quería que esté con él, de la misma manera que él quería
estar conmigo.
Y ahí es que vuelvo a la misma
incomodidad de siempre: ok, pero ¿Qué querés que haga por vos, Jesús? “para
que estuvieran con Él…”.
Que incómoda respuesta. Sería más
fácil que me pidieras algo y que yo pueda cumplirlo de manera concreta y no tan
abstracta, que así parece cuando no te piden nada más que la presencia. Y se me
vuela la cabeza al pensar que Jesús lo único que quiere es estar conmigo y que
lo único que me hace bien es estar con él.
Ahora bien… porque parece que en
este estar con Jesús estamos los dos, cada uno con una reposera, un mate y
mirando la vida pasar. Pero no es a esto a lo que se refiere, porque al estar
con Él, no podemos hacer otra cosa que querer invitar a más gente a que se
pueda encontrar con Él. Es imposible que callemos lo que hemos visto y oído
(Hech 4, 13-21). Se nos nota en la cara cuando estamos en Jesús, se nos nota
en el aroma que irradiamos, se nos nota en cómo caminamos, como saludamos… se
nos nota en cómo estamos. El cómo estamos, denota con quien estamos.
No se puede tapar el sol con la mano.
Ojalá que podamos vivir anclados
en la presencia de Jesús y viviendo de eso como fuente y culmen de nuestros
segundos, de nuestras horas, de nuestros días, de nuestros años, de nuestra
vida.
Dios nos conceda la gracia de
vivir en su presencia.
JR.

Comentarios
Publicar un comentario