¡Hey! ¿hay alguien ahí?
¿Dónde están? ¿dónde estamos? ¿En qué andas? ¿En qué ando?
Hace rato que estoy buscando… hace rato que estoy esperando.
Hace rato que estoy esperando encontrarme con alguien así…
Ya me comí varias filas y esperas de sinsabor; de desilusiones.
No quiero otro trago de vinagre, porque ya estoy saciado. Ahora estoy buscando a alguien con esas características, y no lo encuentro. No dejo de buscar y no está nadie.
Se fueron… nos fuimos.
Nos fuimos a buscar una buena bebida para poder pasar un buen rato, distrayéndonos de todo.
Nos fuimos a buscar un poco de chusmerío para poder señalar las faltas de los otros y, de esta manera, fingir demencia como si nosotros no tuviésemos ninguna falta ni nada para corregir.
Nos fuimos a sentarnos en nuestro escritorio del orgullo, tras nuestros libros que nos tapan un poco nuestra humanidad y nos dejan empapelados, fuera de lo que pasa fuera de él.
Nos fuimos a darle respuesta a nuestros problemas con algun tipo de carta astral o señora que nos “dice quienes somos, de dónde venimos, hacia donde vamos”, sentada en una silla.
Nos fuimos tras una serie buena, que nos divierta y entretenga, porque en definitiva la vida “es una sola y hay que disfrutarla”, sin más.
Nos fuimos heridos, por malas experiencias, con razón. Pero nos fuimos heridos a buscar sanar con un médico de cuerpos, solamente.
Nos fuimos con el mate y una sonrisa en el rostro, a “conectarnos” con la nada, pero decimos con “todo”. No asumiendo nuestra poca profundidad ni nuestra superficialidad. Nos fuimos a buscar un ibuprofeno, porque nos duele la cabeza… sin darnos cuenta de que, quizás, si hablamos un poco de los que nos pasa y le ponemos nombre, esos dolores de cabeza disminuyen.
Nos fuimos… y así estamos: idos.
Buscando algo parecido a Jesús en otros lados.
Buscando respuestas a preguntas que nadie más nos va a poder contestar.
Evitando abrir nuestro placard con ropa sucia y arrugada, porque implica trabajo interior y, ¿quien quiere hacer ese esfuerzo hoy?
En los Hechos de los Apóstoles 2, 42-47 (Domingo 2do de Pascua), leemos que los cristianos vivían íntimamente unidos, frecuentaban a diario el Templo, partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez. ¿Dónde quedó? ¿Dónde quedamos? ¿Por qué gana la desconfianza? Obvio que tiene una respuesta lógica y razonable, pero, insisto, ¿por qué?
¿En qué estamos los cristianos? ¡Si fuimos elegidos por el creador de la vida! ¿por qué vivimos como si estuviésemos muertos? ¿Por qué nos justificamos yendo solamente a la Iglesia y, al salir, miramos para otro lado siempre? ¿Por qué? ¿Por qué no nos dejamos interpelar por ese encuentro con Cristo para poder compartirlo con nuestros hermanos cotidianos (cristianos y no)?
Ojo, conozco, gracias a Dios, muchísimas personas que viven arraigadas en Cristo y su vida es él. Pero me gustaba hoy, poner esto en cuestión, para poder seguir apostando a Cristo, esto es: a los encuentros con los demás, en la gracia de Dios, mostrando lo más hermoso que tenemos: ¡Que somos Hijos amados por Dios y porque somos amados, somos salvados todos los días con su misericordia! ¿Cómo vamos a callar esto? Pero no solamente con palabras… sino con nuestros andares. Con nuestro rostro, con nuestras manos… ¡Sómos templo de Dios! ¡A dónde vayamos va él!
¡Vamos, hermano cristiano! ¡¡Él nos llama!!
¡¡Levantémonos!! ¡¡Resucitemos con Él!! Es un Dios de vivos, no de muertos.
Ojalá que cuando nos preguntemos o nos pregunten: ¿Dónde estamos?, podamos decir: Estoy arraigado en Cristo.
JR.

Comentarios
Publicar un comentario