El otro día tuvimos una jornada sobre la vocación sacerdotal y me tocó hacer una reflexión sobre algunos encuentros de Jesús con algunos personajes de la Biblia. Se me ocurrió subirlo, así que ahí va...
Frente a este llamado e invitación de Dios, podemos entrar en varias respuestas, en varias “complicaciones” podríamos decir. Esto es, que cada uno puede responder de una manera u otra. No siempre es la misma respuesta… a veces somos más decididos para si o no, pero también podemos quedarnos en un “no sé” tibio y posponer la respuesta al llamado de Dios.
Ahora quisiera mencionar
ciertos personajes en la Biblia, que respondieron de diversas maneras al
llamado de Dios; que respondieron de diversas maneras al encuentro de Jesús.
En primer lugar, quería hablar
un poco sobre Pedro. Busquemos en Lc
5, 4. Jesús fue haciendo un proceso en todo este pasaje del Evangelio
con Pedro. Primero entra en su trabajo, le enseña que, con él, el trabajo tiene
mayor fruto y se multiplica. Le hace ver que está llamado a algo más que
ser pescador solamente de peces… lo llama a pescar hombres.
Entremos en la respuesta
que da Pedro. Quizás mil veces la habremos reflexionado, pero nunca
viene mal recordarla. Pedro ante el llamado de Jesús, responde con un “Aléjate de mí que soy un pecador”.
Pedro se ve sucio ante Jesús y la obra que acaba de realizar delante de sus
ojos. No se cree digno de ser llamado por tan gran Señor. Pedro se ve frágil,
sucio, pecador, indigno. Ojo, quizás es verdad… en realidad, sabemos que es
verdad y es lo que hizo Pedro. Él está poniendo el foco en que es pecador,
indigno y demás… y no está poniendo el foco en lo maravilloso de aquel quien lo
llama. Pierde el foco, se centra en sus debilidades y las pone por sobre
encima de la gracia de Aquel que lo llama: de Jesús. Es necesario que
Jesús le diga: “no temas”, para que Pedro pueda seguirlo.
Pasando en limpio, Pedro dos veces es llamado: en
primer lugar, a seguir a Jesús desde lo que es y esto hace que Pedro se vea
indigno de Jesús y lo que le pide y, en segundo lugar, Pedro es llamado
a no tener miedo por lo que es, porque Jesús sabe cómo es y lo llama igual. Con
todo lo que es. Quiere que esté con él. Jesús le ahuyenta el temor y lo llama a
seguirlo. Pedro responde con su vida, da un paso más y lo sigue. Insisto, con todo
lo que es. Ya sabemos cómo termina la misión de Pedro, que sigue hasta el día
de hoy…
En segundo lugar,
quería hablar de un gran amigo mío, que es el joven rico. No puedo no mencionarlo. En Mc
10, 17-22, vemos el encuentro y el llamado por parte de Jesús. Este
hombre rico, se encuentra con Jesús con el copete levantado podríamos decir,
con todos los mandamientos cumplidos desde siempre… siendo un alumno 10.
Todo lo contrario de Pedro. Va al encuentro de Jesús, sin embargo, reconociendo
en él una presencia que va más allá de lo que él conoce, algo que lo cautiva
más allá de lo que posee, por eso se arrodilla, lo llama bueno y le consulta
por la vida eterna. Imagínense a Jesús como lo habrá visto, todo bien vestido,
con los mandamientos cumplidos y todo en regla… lo ve, lo conoce, sabe lo que
puede dar y lo que le falta. Sin embargo, entra en lo que este hombre rico
conoce: los mandamientos. Jesús le menciona todo lo que tiene que hacer, es
decir, lo que el va haciendo. Es un proceso el que hace Jesús en su vida. Jesús
sabe que Dios fue actuando desde siempre en la vida de este hombre con toda su
historia y con los mandamientos que Dios, por medio de Moisés, le hizo llegar.
Jesús lo conoce, sabe que es de buena madera este hombre, pero quiere que él
sepa también que Dios fue obrando bien en su vida y que lo sigue haciendo en su
vida por medio de los mandamientos dados y que el fue cumpliendo.
Este hombre le contesta
que él había cumplido desde siempre lo que Dios le pedía. Es decir, para él, ya
había contestado ese llamado de Dios a la vida eterna. Pero hasta ahí. hay algo
que le faltaba en su interior y que el mismo sospechaba que le faltaba, porque
de otra manera no se hubiese acercado a Jesús para preguntarle esto. Sabía que
había respondido en cierta parte al plan de Dios, pero también sabía que le
estaba pidiendo algo más para seguirlo más plenamente. Eso estaba en tensión en
su interior: una comodidad cumplidora como respuesta, que lo dejaba inquieto y
buscando algo más.
Acá es donde Jesús la
rompe toda para mí y es cuando no le dice nada, sino más bien, que tiene un
gesto con él: lo mira con Amor.
Chau. Me voy. Jesús me mira con Amor y me desarmo, imagínense en ese momento.
Esa mirada, todo lo que significaba. Jesús ve su corazón, lo ve cómodo, sabe
que quiere seguirlo, también sabe que es frágil y que necesita dar un pasito
más… Entonces, con toda esa ternura de Dios, le propone un camino más: que
venda todo lo que tiene; es decir, que salga de su comodidad para seguirlo; que
de ese salto para seguirlo más plenamente. Y acá, entramos en un momento
complejo interior de este muchacho. Cómo decía, está cómodo, sabe que es un
buen tipo que hace las cosas bien y que no le hace mal a nadie… hoy en día
podríamos decir: es un chico que va a misa, que va al grupo misionero, que no
le hace mal a nadie, que si le pifia pide perdón, que le gusta hacer pastoral y
que está cómodo haciendo lo que hace, porque lo deja “conforme”. Hay muchos
chicos así que conocemos, pero no lo digo mal, al contrario, gracias a Dios hay
muchos laicos que son recontra apostólicos y son un avión para la
evangelización. Sin embargo, cuando Jesús llama, se tambalea todo. Porque uno
entra en un conflicto con “esta buena persona que es que no le hace mal a
nadie”, con el llamado de Jesús, que siempre nos pide un pasito más. No quiero
decir que sea más perfecto este tipo de llamado ni nada, solamente que pide
algo distinto y es el mismo Jesús en persona quien lo pide, quien nos llama. Y
eso te vuela la cabeza y el corazón.
Ahora bien, entrando en
la respuesta de este muchacho, nos podemos quedar frustrados y con un dejo de
bajón, porque termina diciendo este pasaje: “Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque
poseía muchos bienes”. Entonces, pensamos automáticamente que este hombre
no lo siguió a Jesús y que se quedó enredado en sus bienes; en su comodidad. Y
sí, es una posibilidad. Pero a mí me gusta verlo a este joven con otros ojos ya
que el pasaje termina con libre interpretación, es decir, para mi el joven rico
volvió y lo siguió a Jesús, pero tuvo su camino de salir de la comodidad.
Pensemos en nosotros: salir de la comodidad no es nada fácil. Cuando estamos
cómodos, nos cuesta dejar el lugar en el que estamos. Si estamos cómodos en una
cama, levantarse implica un doble esfuerzo, pero esto no quiere decir que no lo
hagamos, por más que nos cueste.
El llamado de Jesús nos
mueve nuestras comodidades y nos tambalea todo. Es así, porque es Dios y este
mismo Dios es el que nos busca y nos llama a salir de nosotros mismos y
nuestras comodidades.
En tercer lugar, y para finalizar,
me gustaría hablar del ciego de Jericó, que lo encontramos en Mc 10, 46- 52. Este ciego estaba en la
suya, haciendo lo que sabía: mendigar al costado del camino por donde pasaban
todos. No tenía otra tampoco, era ciego y esto le impedía realizar cualquier
tarea. Era un indigno mendigo, sentado al borde del camino, con la única
posesión que tenía: su manto, con el cual seguramente se tapaba para dormir, o
guardaba sus cosas, o se abrigaba.
Bartimeo escucha que al
costado de donde él estaba había un barullo grande, pregunta que es lo que pasa
y, al enterarse de que el mismísimo Jesús estaba pasando por al lado suyo se
pone a gritar sin dudar, poniendo la esperanza en al menos poder acercarse a él.
Lo que sigue es maravilloso, porque Jesús no supone lo que este ciego está
necesitando, sino más bien que le pregunta qué es lo que quiere. Es muy fuerte
esto, el mismo Jesús le está preguntando cuál es la voluntad de Bartimeo y en
qué puede servirlo.
Imagínense la alegría de
este hombre. Piensen si estuviésemos en esta situación, qué es lo que haríamos.
Bartimeo, sin titubear, y
teniendo muy claro lo que le quiere pedir a Jesús: “Maestro, que yo pueda
ver”. ¿Y Jesús qué hace? ¡Lo sana! Que capo este tipo. Entendió todo.
Sabía qué pedir: la sanación. Y ante este tan inmenso encuentro y esta
sanación… no puede hacer otra cosa más que alabar a Dios y seguir a Jesús por
el camino. Después de la sanación ya no está más al costado del camino con su
manto, ahora está sin el manto, en el camino.
Jesús lo sanó y Bartimeo
lo siguió.
Jesús lo sanó y Bartimeo
dejó sus seguridades.
Jesús le preguntó qué
quería que haga por él y Bartimeo supo pedirle.
Jesús lo sanó, le abrió
sus ojos a la luz y Bartimeo lo siguió por el camino.
Jesús nos sana y nos
llama para que lo sigamos por el camino. Necesitamos ver para seguirlo.
Necesitamos sanar para seguirlo. Necesitamos pedirle lo que necesitamos y él
quiere escucharlo de nuestros labios. Necesitamos dejar nuestras seguridades para
seguirlo por el camino.
En este caso, lo sigue así
como estaba; Jesús lo llama así como estaba, sin exigirle nada, al contrario,
simplemente preguntándole qué puede hacer por él. Bartimeo no se esperaba esta
situación, pero supo aprovechar ese encuentro con Jesús para que su vida se
encamine a su felicidad.
JR.

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