La mayoría de veces actuamos pensando en el castigo del error y no tanto en lo que podemos hacer valiéndonos de ese error.
Equivocarse hoy no está bien y no es lo propio del ser humano, ¿no?
¡No!
Mucho tiempo creí que equivocarme era lo peor que podía hacer, que tener un error era un fracaso, una mancha, ser un fraude, ser lo peor que existe, sin remedio ni solución. Sin posibilidad de esperanza alguna, porque estaba destinado al error.
¿Exagerado?
¿No te pasó alguna vez?
¿No te sentiste nunca un poquito así por haberte equivocado?
La vergüenza por el error y el miedo a volver a pasar por ese sentimiento, son dos verdugos que están al acecho y que no te dejan crecer y aprender. El coludo se hace una fiesta.
El error, entonces, está ahí, en pensar que no te podés equivocar al andar... ¡Y todos tenemos errores!, quizás ya te lo dijeron, pero todos los tenemos. TODOS. Lamentablemente, algunos experimentamos las consecuencias de las personas que no trabajaron sus errores y estima, transmitiéndonos sus inseguridades y la enseñanza de que un error es igual a la condenación. Condenación que ya se estaba haciendo carne en la persona que no podía manejar esa frustración propia al error. El error está ahí. Pero ojo, porque esa persona es la primer víctima de si misma y su error es mirarle solamente la cara a éstos.
No descubrirnos erradores es el error.
Es equivocarse el pensar que no nos vamos a equivocar. Ser perfecto le toca a Dios. A nosotros nos dió su Amor para que nos perfeccione y si nos tiene que perfeccionar es porque hay algo en nosotros que no es perfecto. Vivir desde ahí no es un error, es la mayor certeza que tenemos; que tengo. Vivir desde alguien que me ama con la bola de errores que soy transforma mi vida entera y en dónde hay miseria, pone vida. Con su corazón, cura mis heridas.
Es una pavada, pero quizás no. Es simple, pero quizás no lo es. Sin embargo, que milagro es sabernos amados y levantados por un Jesús que nos recibe en sus brazos a pesar de nuestros errores. Es decir, de ante mano nos recibe, de ante mano nos perdona, pero esto no quiere decir que nos quedamos tirados en el sillón esperando ser perdonados, porque esto no sería Amor, ya que el amor instantáneamente te pone en movimiento. En un movimiento de querer dar al amado un amor herido pero entero. Dar al amor un amor, que aunque poco sea y gratamente ingrato, manifieste un latido humano por un Sagrado Corazón divino.
Que Dios no nos encuentre nunca en el error de pensarnos condenados de ante mano, sino de sabernos intrínsecamente amados y esperados al igual que al hijo pródigo, que tocó fondo en el error, pidió perdón y como respuesta fue abrazado y una fiesta se hizo en su honor.
Así es Dios, así lo conozco.
Es difícil imitarlo o querer corresponderlo. Pero, sin embargo, a eso estamos llamados y si de su amor somos impulsados, y no de nuestro error, nuestros ojos tienen otra visión. Nuestro amor cobra otro color.
JR.
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