Silenciosa como todo lo bueno.
Al parecer ni existe,
no la podés tocar.
Es intangible,
mucho menos predecible.
Trabajar por ella se puede, forzarla no.
Darle cauce es LA opción.
Cortarla no es de Dios.
Conservarla es santidad.
El que es la Paz te llama,
te invita a seguirlo.
Para dar frutos de ella,
sin más vueltas, no te des vuelta.
Volvé, mirá su rostro, te llama la Vida a dar vida.
Mateo responde, inmediato.
De un momento a otro, de pecador a llamado.
De enfermo a sano.
De herido a cicatrizado.
De ignorado a llamado.
Respuesta digna de un apóstol,
firme, seguro, con hambre de más.
Sediento de Amor para amar
como él fue amado.
Ya no soy esclavo,
mi vida vale, soy libre.
Elijo y amo seguirlo,
estaba enfermo y fui curado.
Gozar de la vida me queda.
Flor de trabajo con tal puesto a cuestas.
"Misericordia y no sacrificios", dijo.
Pucha, ahora me toca hacer lo mismo.
¿Cuando miré así?
¿Cuando me creí capaz al decir "sí"?
¿Cuándo quise curar y no huir ante la herida?
¿Cuándo llamé en vez de gritar?
Vuelvo y caigo en la cuenta,
sigo enfermo.
Sin embargo miro al lado,
y estoy con el maestro.
Entiendo, entonces,
que no me llama porque ya estoy sanado,
me quiere sano al estar a su lado.
Cambio mi mirada y no me estanco
en que no puedo,
sino que miro al que es tres veces Santo.
"La paz que uno alcanza embriaga el alma y la llena", dice una canción.
Es verdad, es la solución.
Contruir la paz, la verdadera, la del corazón.
Es el Amor que nos sana,
es Él Amor que nos llama.
Así de rotos,
nos ama así de crotos.
JR.

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