Del Evangelio según San Juan:
Al día siguiente, estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?». Ellos le respondieron: «Rabbí –que traducido significa Maestro– ¿dónde vives?». «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Eran alrededor de las cuatro de la tarde. (Jn 1, 35-39).
Se encontraban Andrés y Felipe, cansados de un día largo. Otro día en el que no habían parado un segundo de tanto estar atrás de ese loco al que seguían. Loco que los volvía locos a ellos con las tareas que les encomendaba y por convocar siempre tanta gente para bautizarse. “Frenamos al fin”, se decían. Y mientras lo tenían a Juan lejos, caminando tranquilo a orillas del río Jordán, comenzaron a preguntarse por ese hombre que Juan había visto pasar y lo había señalado diciendo que él era el que debía venir y que era alguien que lo precedía porque existía antes que él. Eran caras llenas de dudas y de presupuestos en una noche fría, que ni el fuego que tenían encendido podía aplacar ese fresco que recorría sus cuerpos.
Juan les hace una seña desde donde estaba de que se iba a descansar. “Merecido lo tiene”, comentaban, haciéndole un gesto con la mano a su maestro para desearle un buen descanso. Ellos, sin embargo, todavía tenían la cabeza a mil, pensando en esa figura que habían visto pasar a lo lejos y del cual habían escuchado y visto a su maestro, Juan, admirarse. Nunca les había pasado de ver, que su maestro, a quien tanto admiraban, se admire y le cambie el rostro al ver a esta persona misteriosa, de quien mucho no entendían. “Es diferente”, pensaban. “Ahí hay algo distinto. En esa persona hay algo diferente”- y miraban el fuego como encendía la leña, con ese sonido típico… calentando su alrededor.
Andrés se levanta, agrega más leña al fuego, saluda a Felipe y va a la carpa a acostarse. Felipe lo saluda alegremente: “que descanses hermano, mañana nos toca servir a Juan más de cerca y probablemente con un poquito más de ritmo, así que a descansar” … Luego de un rato, él también se fue a descansar.
Al amanecer, el frío empezó a dejar el lugar y el sol comenzaba a asomarse. Juan, ya estaba despierto hacía unos ratos, rezando y agradeciendo a Dios por otro día. El espíritu en él, le había anticipado un día diferente, lo percibía, una suerte de cambio de tiempo… Entendió, al ver a Jesús, que su misión finalizaba y que empezaba la misión de aquel para quien había estado allanando el camino… le tocaba hacerse a un lado, disminuirse, achicarse, morir a él para que Jesús y su misión crezcan.
Con todo este fuego en el corazón, fue sin demora a empezar a recibir a la gente que iba congregándose para ser bautizada a la orilla del río. Había gente, pero eran pocos todavía, así que decidió no despertar a sus discípulos, que seguían durmiendo, ya que necesitaban descansar.
Andrés y Felipe, comenzaron a sentir que la carpa levantaba temperatura y empezaban ya a tener calor, por el sol que les daba de lleno, con un intenso sol de desierto… Felipe y Andrés, se despabilaron y se dieron cuenta de que se habían quedado dormidos: “¡Felipe, levántate! ¡Nos quedamos dormidos y escucho que Juan ya está bautizando, vamos!”. Ambos salieron de la carpa y vieron que Juan ya estaba en plena acción. Con culpa, despeinados, con hambre y mal aliento se acercaron a Juan, pidiéndole disculpas por haberse quedado dormidos... a lo que Juan, con una gran sonrisa les dice: “¡Buen día hermanos! Vayan a lavarse la cara y vuelvan, por favor, que necesito ayuda y hoy es un gran día. Espero que hayan descansado”. Ambos fueron al río a lavarse un poco la cara y volvieron donde Juan estaba. Eran alrededor de las 12hs.
Andrés de un lado, Felipe del otro, ambos sosteniendo a las personas para ser bautizadas, dándoles indicaciones previas de que era lo que iba a pasar, a su vez, recorrían la fila realizando una catequesis previa al bautismo. El clima era ideal, se sentía un día distinto. Como cuando uno respira un aire de primavera, en donde todo toma otro color.
Andrés y Felipe se encontraban a una cuadra de Juan, charlando con la gente, cuando Juan les pega un grito: “¡Felipe, Andrés! ¡Es él!”, mucho no entendían qué les quería decir por el barullo de la gente y, pensando que requería ayuda, se acercaron. “¡Este es el Cordero de Dios!” -dijo- y señaló a Jesús. Señaló a aquel que había pasado el día anterior, señaló a aquél como cordero de Dios… y pensar que tantas veces habían escuchado esas palabras de los labios de Juan, sin entender bien a qué se refería… Iba pasando, a la distancia de un tiro de piedra. Se miraron ambos. Se les iluminaron los ojos y su interior se llenó de adrenalina, intriga, incertidumbre, felicidad… sin decir nada, lo miraron a Juan, él asintió con su cabeza y salieron tras Jesús.
Fueron a su encuentro, salieron a buscarlo, fueron tras sus pasos. Cuando se dieron cuenta de lo que estaban haciendo, sintieron miedo, pensaron en qué podían decirle a ese tal Jesús. Se miraban y no sabían que hacer. Estaban nerviosos. No lo conocían. “¿Y si piensa que queremos robarle?... ya se habrá dado cuenta que lo seguimos…” “¡Qué hacemos! ¡Estamos locos! Estamos siguiendo a un tipo que no conocemos, se va asustar!”- pensaban y se decían-. No era más que miedo lo que tenían. No sabían qué decir ni pensar. Para colmo, entre tanta tormenta de miedo, se vieron casi alcanzando la sombra de Jesús.
Jesús, que ya los había escuchado y sentido, voltea su rostro y les dice: “¿Qué quieren?”. “¡Nos está hablando a nosotros! - pensaban-. Y Andrés, sin pensarlo mucho, lanza un: “Rabbí, ¿Dónde vives?”... Jesús, que conocía sus inquietudes, conocía sus corazones y sus intenciones, les dice: "Vengan y lo verán".
Sin dudarlo, siguieron tras los pasos de Jesús. Siguieron su camino. Siguieron su destino. Compartieron su suerte. Si, bendita suerte. Fue tan sencillo y tan fuerte aquel momento, que hasta la hora les quedó grabada en el corazón: "Eran las 4 de la tarde…".
Hoy son un poco más de las cuatro de la tarde, y pasaron un poco más de dos mil años de aquel momento… y el "Vengan y lo verán" sigue resonando en nuestros corazones de aquellos que nos sentimos llamados a seguirlo de una manera especial…
Ahora, te invitamos a que puedas descubrir en vos ese "vengan y lo verán" al cual nos invita Jesús o bien, poder decirle en un silencio profundo, "Maestro, ¿Dónde vives?" Para dejar que él nos haga la pregunta: "¿Que quieres?".
JR.

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