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Nos queda grande

 



De chico me contaron la historia de un Dios que era creador. Un Dios omnipotente, todopoderoso. Un Dios que salva a un montón de gente e la vez. Un Dios que puede mover montañas. Al que mil años en su presencia son como uno. A quien hay que tenerle respeto porque todo lo ve y está en todos lados. Un Dios que todo lo puede. Un Dios que me ama mucho y me perdona siempre, cada vez que me arrepiento de las cosas malas que hago. Un Dios que es justo también. Un Dios que está en los cielos.

Y ahora le sumamos que este Dios, que hizo toda la galaxia, el universo, TODO. Y que tiene todo y demás… Se hizo bebé. Sí, bebé. Eso me dijeron. Y, al escucharlo, de chico, lo capté. Porque los niños lo captan, sin más. Sin darle vueltas. Es hasta obvio para ellos. Porque tienen más lógica de Dios que de los hombres, todavía. Por eso, entendí en su momento, no me preguntes como, porque en el día de hoy, me cuesta comprenderlo. Es que El Dios que creo todo lo que somos, se hizo lo que somos, salvo en el pecado, porque no puede convivir su naturaleza con el pecado. Ese Dios que creó nuestra inteligencia, rompe con la misma y nos desestructura todo.

Él nos fue preparando para ese momento, sin dudas, porque no es un Dios que no de señales. Sino que, en su silencio paciente, nos habla directamente al corazón, preparándolo, con miles de avisos, como lo hace en nuestra vida diaria. Así, de igual manera, le habló al corazón de un pueblo, por medio de hombres sin importancia, que la misma palabra de Dios hizo importantes y les cambió absolutamente la vida.

Y nació. ¡Por medio de una Virgen! Si, es una locura. O sea, sabemos que biológicamente las cuentas no nos dan. Entendemos, es lógico. Sin embargo, de nuevo, viene hasta romper la lógica humana. Nos desencaja, sin comprender. Es una locura que es más sabia que nuestra sabiduría. Dios viene a nosotros hecho un bebé… pero este bebé no puede crear nada, ¿Cómo va a ser Dios? Este bebé no puede hacerlo todo y estar en todos lados ¿Cómo va a ser Dios? ¿No está en los cielos? Pero llora… ¿Cómo va a ser Dios? Me parece que si lo suelto, se lastima ¿Cómo va a ser Dios? No entiendo… algo raro hay acá. Alguien mintió. El que empezó a contar la historia en algo se equivocó, sin dudas. Hay algún error, no puede ser…

Sin embargo, a Dios le faltaba ese rostro para salvarnos. Se ve que era necesario que se haga bebé para estar en nuestras manos, aprender de nosotros, ser uno de nosotros, vivir con nosotros, llorar con nosotros, reír con nosotros, comer con nosotros, beber con nosotros, bailar con nosotros, disfrutar con nosotros, sufrir con nosotros, estar con nosotros. Lo hizo todo. Pero lo hizo todo entre nosotros.

Dios tiene rostro de bebé hoy en navidad. Dios es todo lo que dijimos anteriormente, y también es un bebé. Dios es frágil. Dios está en nuestras manos. Dios llora en nuestro hombro. Dios se ríe en nuestro hombro, en nuestras manos. Si tuviste un bebé en tus manos, podés entender lo que digo.

Este Dios bebé, nos salva siendo bebé. Y ahí si que rompemos todo, ¡¿Cómo que nos salva un bebé?! Es una locura. ¡Sí es una locura! Un bebé, el mismísimo Hijo de Dios ¡¡nos salva!! Por esto nos queda grande. Porque no tenemos palabras para poder captar esto con nuestro lenguaje. Se puede acercar alguna palabrita, como balbuceo, pero es más grande. Inagotable. Por eso, nos queda contemplarlo, sin palabras. En silencio. Juntos. Como Iglesia. Reunidos. Todos. sin distinciones. Con los ojos llorosos. Ante tan inconmensurable misterio, el cuerpo, creado por ese bebé, sabe expresarse. Y se eriza la piel. Las lágrimas caen. La felicidad brota sola. La paz se hace lugar en medio de la intranquilidad. El cuerpo habla. Así como habla cuando estamos mal. Cuando lo creado se encuentra con este misterio del creador, indudablemente algo pasa. Algo cambia. Nuestros esquemas se rompen. La luz encuentra su referente. Volvemos a él. El creador de nuestra razón, nos deja sin razón, boquiabiertos al ver a Dios bebé. Un bebé que por más que lo sea, merece toda reverencia y adoración, porque es Dios. Así nos lo enseñaron esos magos (algo así como astrólogos hoy) cuando lo encontraron después de tanto tiempo de haberlo buscado. Así como todos se reunieron para verlo, porque charlar con él no podían, porque era un bebé.

Y ahora bien, ¿cómo estamos con este bebé? Dios nos enseña que nuestras lógicas y razones, son ante Él como nada y vacío… entonces ¿Por qué nos emperramos en tener la razón? ¿Por qué seguimos nuestros caprichos? ¿Por qué somos duros? ¿Por qué nos empeñamos en lastimar? ¿Por qué hablamos mal del otro? ¿Por qué no escuchamos? ¿Por qué nos creemos más de lo que somos? ¡¿Por qué por qué por qué?! Porque somos humanos y pecamos.

Por esto mismo vino Dios como bebé. Sin dudas, nos cuesta seguir a Dios en sus caminos. Por eso vino. Vino a salvarnos de que ese pecado que hay en nosotros no tiene la última palabra, sino que la ultima palabra la tiene un Dios bebé, frágil, que se deja manipular y cambiar los pañales. Vino a decirnos que la ternura es más grande que nuestro pecado. Que la fragilidad es más fuerte que nuestros pecados. Que el silencio es más poderoso que el hablar por hablar. Que la escucha es más fuerte que el querer que me escuchen. Que nuestra razón no tiene razón ante Dios, que Él tienen su razón y tiene pañales.

Hoy entonces, no pensemos. Contemplemos a un bebé en su pesebre, un bebé Dios que vino a salvarnos.

Hagamos silencio. Contemplemos y dejemos que Dios, que habita en nosotros, nos hable al corazón y nos haga comprender este misterio insondable desde lo más entrañable.

Hoy, entonces, no nos pongamos los “anteojos de Dios”, como diría Mamerto Menapace, sino que pongámonos los pañales de Dios y hagamos silencio para dejar a Dios nacer y hacer en nosotros.

JR

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